Chicas con plumas

Chicas con plumas

Dos recomendaciones para saber de dos mujeres que transmutaron con los años sesenta y otras veces… Joan Didion: el centro cede, de Griffin Dunne y Franca: chaos & creation, de Francesco Carrozzini. Una tercera recomendación consiste en la de mirarlos en ese orden. Y una cuarta: la de entender la sugerencia como modo de atravesar este fin de año ganando una clave, sabiendo algo más de cómo se muere, se suelta, se sana y se renace como el ave fénix.

  

Hace algunos años, una editora y un arquitecto trataban de hallar el punto de equilibrio o conexión entre sus labores. Fue un tercero quien dijo, como si revelara algo elemental y excluyente a todas las otras disciplinas: son los constructores de la realidad a partir de elementos opuestos. Lo material y evidente; sólido y resistente; aquello que genera seguridad, resguardo frente a la intemperie, capacidad de hábitat y lugares por donde circular… Y…  lo inmaterial, lo simbólico… eso que subyace en el inconsciente de la cultura –allí donde se resquebrajan las viejas estructuras antes de que los fragmentos emerjan- o se respira como partículas de verdad diseminadas en el aire hasta que alguien las pesca y traduce haciendo que experiencia vital y los modos de habitar sean los recursos para una forma en que se dirá un tiempo en la Historia de mañana…

Tal vez el punto en común sea la pregunta por el tiempo, la durabilidad, el sentido de lo existente. La pregunta por la necesidad de la ruptura o la creación de algo nuevo. Por eso este es un buen lugar donde desembarcar dos historias de mujeres que a través de sus tránsitos humanos hablaron de la generación más emblemática del siglo XX: la de la transición sesenta-setenta y la reconfiguración del género y los sueños: los propios, los ajenos, los prestados, los generosos, los límbicos, los truculentos, los sublimados. Estas dos mujeres le imprimen una marca a la Historia, atraviesan el siglo, cuentan en recursos distintos la experiencia de estar vivas y traen esos relatos –como el try convertido- hasta detrás de la línea adonde empieza este siglo y sentimos el legado de la victoria.

Franca Sozzini fue la editora de Vogue Italia. Su historia en Vogue empieza en los años 80 pero ninguna mujer sin su historia anterior hubiera llegado a un lugar así. La otra es Joan Didion, periodista y escritora estadounidense: su historia también comienza mucho antes, también pasa por Vogue y trasciende las fronteras de lo previsto, se enraiza en el Nuevo Periodismo… Los sesenta las encontraron en un lugar común: activas en el penetrante e inhóspito oficio de transpirar los tiempos enrarecidos de una cultura que cambiaba y una generación que en parte se iba al tacho y en parte emergía. Una puerta de acceso a ellas son sus documentales rastreables en Netfilx.

Andar entre serpientes

Joan Didion se convirtió en escritora a la temprana edad de comenzar a escribir: a los cinco años. Su madre le había regalado un cuaderno para que dejara en algún sitio sus visiones caóticas del mundo, entre medio de serpientes. Dice que toda la vida vio serpientes. A los casi 85 años, cuando se filma este documental, ya sin disimulo ni necesidad de tanto vuelo literario, las espanta con aleteo literal y entrecruzamiento de manos como el resto de los mortales se espantaría los mosquitos en verano.

Escribió siempre, ganó un concurso de ensayo patrocinado por Vogue y en tal revista pasó de copywriter a editora asociada. En ese tiempo conoció al que sería su marido hasta que la muerte los separó: Gregory Dunne, periodista y escritor en la revista Time. Mientras se enamoraba del irlandés y de su entorno familiar y mientras se ganaba el respeto de su sobrino político que es quien filma este maravilloso e intenso documental -por el misterioso suceso de no reírse el día en que se conocieron y a él, que tenía cinco años, se le escapó un testículo de la malla: “fuiste la única de la familia que no ser rió. Te amé por eso”, le confiesa Griffin Dunne y ella ahora sí se ríe– seguía escribiendo. La vida y, mientras tanto, la escritura: Run river, primero, en 1963, y el agua comenzaba a fluir más fuerte y ya no cesaría. Ensayos, notas periodísticas, ficción, no ficción. Sin importancia en la distinción del género, Didion escribía.

     

En algún momento de esa atropellada y reflexiva vida, llegó Quintana. “La casa que alquilábamos con mi marido antes de la llegada de Quintana la habíamos alquilado bajo esa condición explícita: pareja sin hijos. Y Quintana había llegado de imprevisto. Alguien había telefoneado a casa y había preguntado: ¿la quieren?”. Y no hubo más preguntas. Joan Didion dice que trabó su vínculo fundacional con la beba en la autopista, mientras manejaba y la llevaba de regreso a su casa. Su marido, que era un irlandés católico no protestante, la bautizó esa misma noche con agua de la pileta del baño. Y pronto tuvieron que dejar la casa.

“Había una parte de Hollywood que era descrito como un vecindario de asesinatos sin sentido… Como la inclinación a alquilar una casa de veintiocho cuartos por uno o dos meses es bastante particular, el barrio estaba poblado principalmente por bandas de rock, grupos de terapia y por mi esposo, mi hija y yo”, cuenta ella hablando de un punto de inflexión en su vida: una hija nueva y una casa en Avenida Hollywood y Franklin.

En esa casa gigante ocurrió de todo… Los Doors, Janis Japlin, Vietnam, la vecindad con el caso Mason… Parecía que el designio del universo hubiera sido que todo ocurriera en su cara y nada de aquel tiempo le quedara por ser contado… Y sin embargo, la vida seguiría…

Estoy con gripe cuando veo este documental y hay algo que no me hace bien, más allá de que Didion sea una escritora maravillosa, su vida haga digna la vida de un biógrafo y el documental de su sobrino sea el relato más primer plano que exista sobre la vida de dos peso pesado del nuevo periodismo: ella y su marido. Esa foto de la crónica de los jóvenes de fines de los sesenta en que se ve una niña con la nariz llena de ácido; ese cóctel revulsivo entre necesidad de testimoniar y avidez borderline me producen un extra de abatimiento. No entiendo porqué ni quiero entender porqué hacer de su casa la embajada de las fiestas con músicos de rock mientras su propia hija deambulaba por la casa… Ni entiendo el hecho de que tantos años más tarde se encuentre sorprendida por el hallazgo de haber descubierto gente tomando drogas en el cuarto de Quintana –pienso: ¿qué esperaba que tomaran en el cuarto de la niña una banda de rock  y una pandilla de grupies  con habitación habilitada de una casa enfiestada? ¿Toddy?–. Por fin, acaban los sesenta y el rumbo de la vida cambia. Se mudan a la playa, a una casa típica de Malibú, por los años en que en alguna otra casa típica de Malibú nacía el actor Robert Downey Jr.

    

Malibú es, para ellos, la clave de un nuevo estado, luego de una crisis matrimonial en que su matrimonio maduró… Y a la casa de la playa llegaron nuevos vientos… El rock y los amigos de las drogas duras mirando oscuramente la línea de tiempo en fuga, acaban… Y Joan y John Gregory se rodean de otros haceedores. Actores, directores de cine, escritores… Harrison Ford, Steven Spielberg, Martin Scorsese… los constructores de una narrativa de principio a fin, mediada por proceso de pensamiento: que no es poco. Gente más afín a ellos, que los recuerdan como dos grandes anfitriones interesados en sus procesos de pensamiento, generación de ideas y maduración de relatos.

Por aquellos años Joan, John y su hermano, el también escritor Dominick Dunne, jugaron una apuesta de dinero… A ver quién convencía en una oración al productor para que filmase una película a partir de un guión que ellos adaptarían desde la novela de James Hill “Pánico en Needle Park”. Joan se adelantó y dijo: “Es Romeo y Julieta. Pero son yonkis”… El filo corta con precisión la serpiente y las dos partes siguen su curso, como un chiste… Acaso porque es tan difícil evitar ver lo que se ve, decir lo que se piense y hacer que sea otra cosa.

No es interés de este relato reseñar el documental entero. Preferible es verlo y ahora sencillamente decir dos o tres cosas más. Que en el año 2003 otra vez la vida cambia. Ese fue el año más trágico en la vida de Didion; en un mes perdió a su marido y a su hija, Quintana. Unos meses después de aquellos sucesos, escribió los libros que los narrarían: El año del pensamiento mágico, en homenaje a Dunne y Noches azules, en homenaje a Quintana. El primer libro comienza así: “La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba. La vida cambia en un instante. El instante normal”. En el documental relata lo valioso que le enseñó el tiempo posterior, cuando nada más de aquello tenía y de todos modos estaba viva… La invitaron a hacer, escribir, una obra de teatro: “el valor de lo colectivo. Estar todos ahí… Haciendo a la cosa, hasta con el público, lo cual es bastante parecido a la vida”. No hace falta ser Didion ni ver serpientes; ni perder ningún amor, ni escribir como los dioses… Hace falta saber de la movilidad, la transmutación, del cambio. De que se parte sólo aquello que se rigidiza y que lo que se ablanda, cede: también ese centro cede y se mantiene arraigado a la vida, que de cualquier forma se mueve zigzagueantemente.

La ligereza

Franca Sozzani tiene siete años, una hermana gemela y dos padres burgueses italianos cuando decide irse a vivir a una escuela con internado donde nadie la moleste diciéndole que espere su turno para hablar y alguien la escuche de verdad. Hablaría en un contexto donde se aprecie su palabra.
-Mirá la foto de tu casamiento- dice su hijo Francesco, director de este documental. -Qué cara de enojado tiene el abuelo…
-Yo también tengo cara de enojada. Los dos estábamos enojados…
-¿Por qué estabas enojada vos?
-No quería ir…
-¿Y por qué te casaste entonces?
-Porque ya tenía puesto el vestido…

      

Aquel matrimonio duró tres meses. Francesco le pregunta ahora a Giancarlo Giametti (presidente honorario de Valentino) si sabe cómo fueron las circunstancias de aquella historia, qué fue lo que pasó…
-¿Es tu padre? –cuida Giametti, como aquel que no puede evitar que dealgún modo se trasluzca que lo que sabe es mucho más que lo que debería
-No
-Franca había ido a Londres a fines de los sesenta, unos meses antes de su casamiento. Londres rugía. Creo que ese viaje le cambió la cabeza.
“En 1968 viajé a Inglaterra con una amiga. La moda en Italia era conservadora y en Londres usábamos durante el día vestido hasta los tobillos y de noche minifalda cortísima con tapados largos. Tocaba Cream en el Albert Hall… Nos divertíamos. Era una forma de ver a la mujer y de ver la moda que tenía que ver conmigo. Podría haberme quedado en Londres. Quizás mi mente nunca se fue de allí. Pero volví a los meses porque era lo que se suponía se esperaba de mí. Y fracasé. Y entonces tenía que demostrar que no era tan estúpida como parecía… Y que no iba a atravesar esta vida con un vestidito blanco de encaje y luego una lápida: fin”, le cuenta Franca a su hijo, mientras viajan en la parte trasera de un auto que viaja sin rumbo claro y se divierten y pelean, en una muestra testigo de esa relación –la más importante de sus vidas- que habrá tenido sus bemoles, es intensa y fría a la vez, una apuesta al juego y termina siempre en la banquina y a las carcajadas.

En el fin del deber ser comenzó el rock de verdad: quedó embarazada y viajó con una amiga a Estados Unidos a hacer autostop, cruzando el país de costa Este a Oeste. En aquel viaje, conoció al fotógrafo Bruce Weber: “Era maravillosa… No me estaba haciendo miles de preguntas sobre qué era lo que iba a hacer así que confiaba en mí… Le pedía siempre más tiempo para las producciones fotográficas… No. No. No. Y finalmente decía: Sí”. También aquel fue el primer viaje de Francesco con ella. Francesco abrazado por el agua y un proceso creativo:

-¿Por qué no te casaste ni te fuiste a vivir con mi padre?
-Ya lo sabés
-Tenés que decirlo para el documental
-¿Tengo que decirlo?
-Si
-Porque tu padre ya estaba casado…
-Siempre tuvo esa capacidad de bifurcarse, ¿no?
-Un desprolijo.
-¿Vos sentís que fracasaste o te sentís una triunfadora?
-Una triunfadora
-Tenés que decirlo completo…
-¿Me querés escribir las respuestas?
-Tengo ocho personas compaginando este documental… Decilo como te lo digo
Ella resopla…
-Una triunfadora, sí. Siempre me sentí una triunfadora- dice enojada -¿Está bien así?
-No sé cómo llegaste tan lejos… No sos tan lista como te crees…
Se ríen.

Fue recién a fines de los ochenta que asumió la dirección de Vogue Italia. El primer año consistió en una saga de fuckups: Conde Nást, dueño de la editorial, estuvo por echarla en cada número. “Yo me preguntaba cómo una institución como Vogue le daba tantas libertades…” cuenta Giacometti, con aplomo de diplomático. Y es el realizador Baz Luhrmann quien hace una diferencia: “No era libertad creativa lo que le dieron… Alguien que te está pagando y apostando sus fondos a vos, a pesar de que nada le confirme el éxito de su apuesta no es que te esté dando libertad sino confianza…”.

         

Todas las tapas eran un bardo. O porque apostaban a conceptos del arte imprevistos en una revista de modas; o porque dramatizaban en apuestas estéticas los flagelos de los que daban cuenta las tapas de los diarios: el derrame de petróleo, la violencia doméstica, las cirugías estéticas, la locura. Y mientras criticaban su vida personal y su trabajo, ella reconstruía la autoridad creativa de Vogue.

En un vuelo de Air France de París a Nueva York, la conoció el filósofo Bernard Levy. Dormía, como una muñeca serena e infantil. Como un personaje salido de un cuadro de Boticelli y de una novela de Stendhal. “Intransigente, devota de sus causas, fiel a sus amigos, frágil y bella. Yo me preguntaba cómo Conde Nast podía creer que era una mujer de negocios… Ella simplemente estaba loca y hacía de sus sueños y delirios una revista que la describe perfectamente.

-¿Te da miedo envejecer?
-Sí
-¿Qué cosa? ¿El deterioro?
-Sí
-¿El deterioro físico?
-Sí. Claro. El deterioro físico- responde y lo mira por encima de la cámara, como diciendo: ¿cuál otro? Y cuál otro sería posible en una cabeza llena de mundos y de vuelo y de capacidad de imaginar. Franca trabajó con los fotógrafos más reconocidos en el mundo de la moda y un poco fuera de este campo. Trabajó con ellos sin sugerencias incordiosas: sin exigirles que no cortaran un plano en las piernas para que se vean los zapatos y la marca y sin retacearles una doble página para mostrar el entorno donde, después, se mostraría la ropa. Sin arrebatarles los mundos creativos y su propia capacidad de soñar. “No se puede ser avaro con los sueños. Los sueños tienen que ser gigantes”, dice. Bruce Weber, Paolo Roverso, Peter Lindenbergh y el amerindio Stéven Meisel, que fuera el fotógrafo de Madonna para la tapa que inauguró el tiempo de las celebridades en revistas femeninas –un hecho que hoy es desgastadamente común- y quien se quedara a cargo de todas las tapas de Vogue a partir de entonces. Lindenbergh la describe mejor: “Fue una mujer impresionante, que confrontaba todo y que sabía defenderse de la estupidez, con una sensibilidad increíble… Como un ángel y una guerrera al mismo tiempo, con algo delicado y fuerte, cálido y lleno de amor. Siempre admiré que sea una persona tan libre, capaz de expresarse y dejar que otros se expresen a su modo”.

El hijo dice que ha tenido como una historia de amor con cada uno de esos fotógrafos, que a cada cual lo llevó a un sueño. “Ellos me llevaron allí. Fui a mundos a través de sus puntos de vista. Cada uno de ellos me llevó a un mundo nuevo”. En un corner del restaurant están ahora comiendo spaghettis, Francesco, Franca y su perro guardián: un caniche blanco y elegante que no se mancha el pecho con salsa y respeta los tiempos cinematográficos sin dejarse llevar por su naturaleza.

-No sabés qué va a salir en Vogue junio… La gente no entiendo cómo a 15 días de entrar a imprenta todavía no sabés lo que querés…
-La gente no tiene que entender nada. La gente tiene que comprar la revista; no entender… No sé lo que quiero en tres meses porque no sé lo quiero mañana.
-¿Cómo se vive con tanta ligereza sin ser superficial?
-Con ligereza… Bueno… ¿Una foto salió mal? Pues bien, no importa. ¿Un matrimonio salió mal? Pues bien, no importa. ¿Un segundo matrimonio fracasó? Bien, no importa…
– Eh… momento… -la interrumpe Francesco: – no es lo mismo una cosa que la otra…
-Para mí todas las cosas son la misma cosa; al fin y al cabo las páginas se dan vuelta como los matrimonios porque todo gira. Y la vida comienza de vuelta cada día.

La ligereza: atravesar las cosas de la vida de un modo no dramático. Volar, cuando en algo se está muy inmerso. Construir realidades. Deconstruir estructuras. Cortar serpientes, seguir andando, avanzar. Soltar aquello que amenace un quiebre, perder el miedo, dejar testimonios, materias. Soñar. Renacer.