La sed: brüder / La Paloma

La sed: brüder / La Paloma

Un recorrido que empieza en el norte y termina en el sur. La historia de cuatro hermanos, dos bares, una cerveza, una ciudad, una proyección al borde de la tierra firme
#brüder   #La Paloma  #Cerveza artesanal  #Mar del Plata

Un descubrimiento

¿Habrá sido en Hop –pueblo de Bacon, condado de Dutches, en Nueva York– el lugar donde apareció la revelación? Al menos el nombre del bar suena auspicioso: lúpulo. Y lo cierto es que fue en ese pueblo pequeño a una hora veinte de Manhattan en que el proyecto comenzó a fermentar.
Esa mañana estaba fría y soleada en White Plains –un barrio más allá del Bronx, Los Yonkers y Nueva Rochelle– y el plan de los hermanos Murgier era ir rumbo al norte, hasta un lugar donde les habían dicho que había buenas cervezas. Allí llegaba una selección de cervezas premiun, elaboradas –en poca cantidad y por tanto, con mayor cuidado y control sobre el producto– por pequeños productores alquimistas.
Beacon: un pueblito antes de que se angoste el río Hudson, donde además de buena birra hay otras curiosidades, como el hospital donde murió la novelista y bailarina Zelda Fitzgerald, esposa de Scott, a quien él llamaba “la primera flapper girl estadounidense”, aunque su mujer fuera mucho más que eso: una chica a la moda. Zelda era picante, varonera, traviesa, intensa y desafiante a las reglas pacatas del sur pueblerino estadounidense y de la ley seca.
Fue al llegar a ese pueblo cuando Federico tuvo su epifanía. Los hermanos se sentaron en un bar donde no les ofrecieron carta aunque sí encontraron a un bartender restregando una rejilla contra la pizarra. Y sobre la aureola aún mojada, la opción de una cerveza cambió por otra, subió su color a amber ale. Y el que se quedara con las ganas tendría que volver otro día.

“Nacho, pará… Esto es lo que tenemos que hacer… Poner un patio de cervezas con una pizarra y marcas que roten… “, dijo Federico. Nacho lo miró y luego volvió la cara a la pinta. Pensá: “Que al entrar no sepas lo que te espera; que entrar sea una experiencia de prueba… Está buenísimo”. Otra idea más de Federico. Ya se había visualizado ayudándolo a importar mollejas, o unas silly bands para niños: pulseras de colores que cuando se sacaban de la muñeca cobraban forma de distintos animales… Hacía menos un mes, incluso, habían ido al puerto de Nueva York para una reunión con un tal Bobby que importaba pescado de China, a proponerle algunos productos del mar argentino. Llegaron impecables; rubios, lindos y elegantes como son, vestidos de traje, a un galpón donde el frío imposible no parecía hacer mella en las pieles gruesas curtidas de un contingente multicultural que, dotado de afilados cuchillos y músculos de la solidez de una medianera, le informaron a Bobby de su llegada, mientras los otearon de arriba abajo. Una de las tantas ideas que cada tanto se le ocurrían a Federico… que buscaban bajar a un proyecto propio los años de estudio de Economía y Negocios que ellos habían ido a absorber en universidades de Estados Unidos y dar con un gran negocio.
Pero lo meditó un momento…
Tal vez fuera otra idea sin correlato. Pero Federico había sido, sería siempre además de un hermano un cómplice, un contrapunto y un poco alguien con quien medirse. Habían venido al mundo sólo con un año de diferencia; se habían ido de este mundo conocido de la ciudad de Mar del Plata a vivir a Estados Unidos con un año de diferencia y Federico tenía pendiente la sed de triunfo que no había logrado en el tennis profesional, cuando el país entero se había vuelto la crisis del 2001 y las posibilidades familiares de costear la inversión en el tennis eran inviables. Afuera, todo parecía posible: estudiar en una universidad, jugar tennis competitivo en el equipo de la universidad y costear los estudios trabajando como entrenadores de tennis de empresarios poderosos y/o como chépibes de bancos neworquinos. La esperanza de una realidad mejor los había llevado hasta allá. Pero no todo había resultado ni fácil ni como había sido planeado.
Si bien ambos obtuvieron su diploma en Negocios, el éxito aparecía esquivo, distante, brillando en otro sitio en la verdadera jungla de la ciudad de las luces, como ya lo habían anticipado John Dos Passos, en su novela Manhattan Transfer y Truman Capote, en Desayuno en Tiffany`s. Ellos no eran ninguna excepción a la regla.
Pero había algo en el aire, en lo no dicho, que flotaba entre los dos… La familia, el país, la idea de volver. Ponerle un fin a la experiencia peregrina de ocho años de trajín con la green card, bancos neyorquinos y court de tennis.
Volver al hogar. Así de sencillo.
Y… tal vez… esa fuera la mejor idea.

El saque a contraluz

Una noche del verano anterior, estaban en Mar del Plata los cuatro hermanos: Federico, Nacho, Guido y Lucía. El novio de Lucía les contaba, rumbo a una cervecería tradicional de la ciudad, cómo había sido el plan de negocios para abrir aquel emprendimiento.

En una hoja de la agenda FAUD 2017, ahora Federico apunta: 10 estilos de birra + 15.000 litros (aprox) para abastecer a un bar + $400.000 el costo de una fábrica + el valor del tiempo de un brew master de calidad, en un contrato por diez años aproximadamente hasta llegar AL sabor que querés de la cerveza + 200.000 para abrir el bar = … (abajo no escribe nada). “No teníamos esa plata”,  me dice. “Teníamos ahorrados con mi hermano U$S 25.000 cada uno. Cincuenta, entre los dos”. Un tercio del valor total.
Por eso Beacon fue una revelación; porque era posible, en principio, pensar en un lugar: un patio cervecero que convocara a buenas cervezas y que rotaran; un bar multimarca que planteara la propuesta de experimentar en el lugar; de cambiar lo que sabés que querrías consumir por los sabores nuevos que tenés para probar e ir desarrollando desde ese espacio, de a poco, una marca de cerveza propia.
De vuelta en Nueva York, Federico ingresó en la ranura de Google: “south beer cup” en un enhebrado de intuición, historia de torneos de tennis, conocimiento adémico sobre negocios y un norte más claro. Aparecieron cinco nombres. Hizo una lista y llamó a la primera: Berlina.
Al otro lado del mundo, en el sur bien al sur, en San Carlos de Bariloche, uno de los hermanos Ferrari levantó el teléfono y escuchó el pedido:

– Sí… qué tal… Quería saber si nos pueden vender 5.000 litros de cerveza…
-Decime de cuáles querés, cuántos litros y a dónde te las mando…
-Bueno, no. En realidad…Yo ahora estoy en Nueva York…
pero la idea es abrir un bar en Mar del Plata, estamos con ese proyecto…
-Hacé una cosa- lo interrumpió el barón de la cerveza. –Llamame cuando tengas un bar.

Y le cortó.
Las semanas que siguieron Federico siguió por el número dos y el número tres, con el lápiz más afinado y la sensación de que el tiempo que siguiera antes del desembarco debía ser intenso en trabajo, en recaudación de experiencia y en planificación.
Le delegó: a Nacho –el del tacto diplomático y el charm para las relaciones públicas por gestiones comerciales– los llamados a marcas; a Guido, la búsqueda de un lugar para abrir el bar y él se concentró en pensar en cómo sería ese lugar; qué concepto, qué proyección, cuál sería el camino no explorado que debían surcar en el desafío de llegar a su propia cerveza, con dos, tres, cuatros veces menos de plata para arrancar.
El bar aún inexistente por lo pronto ya era dos cosas: por un lado, un periplo. Una búsqueda, un camino con referencias extranjeras que empezó a volcarse en un álbum de facebook. Una idea del mundo que empezaba a ser contada –mucho más en imagen que de ninguna otra manera– a través de viajes, lugares, deportes, cervezas, amaneceres, atardeceres al aire libre y un cartoneo cool de carteles yanquis urbanos. Los colores instagram, el diseño importado, la gestualidad y estética siempre in de los marplatenses con onda de clase media… Por otro, la realización material del gran sueño americano de los chicos bien de esa generación argentina a la que signó el menemismo; que le cambió el foco al país en sus aspiraciones de acceso al primer mundo desplazando el eje de Europa a Nueva York, haciendo que las imágenes del éxito y el buen gusto ya no proyectaran los valores culturales europeos sino las mercancías de consumo masivo de la industria norteamericana y su máquina de hacer chorizos.

  • Nos fue muy bien… El bar explotó desde el primer día y los seis meses de abrir brüder ya estábamos pensando en La Paloma y en la marca de cerveza propia.
  • ¿Cómo pasó eso?- le pregunto. – ¿Tenían muchos contactos, muchos conocidos acá en Mar del Plata…?
  • Los mismos que vos… –me dice. –… después de haber estado afuera más de diez años… – Los del colegio… los del cub Náutico… No más. Sé que incluso hasta a un dueño de bar marplatense de cerveza artesanal lo costó entender cómo no vio que la idea de una plaza multimarca de cervezas era la clave de un éxito más rápido y menos costoso… pero qué se yo… estaba ahí. A veces, un poco los negocios se tratan de eso: de ver lo que nadie ve en el mismo lugar donde miramos todos”.

Pero la verdad es que no… La clave no estaba acá. Hay algo de esta realidad que apareció con este bar sobre Mar del Plata que no estaba acá; que se enhebra a otros puntos cardinales del planeta, en una jugada en que la clave no fue sólo el punto de apoyo; sobre todo fue el saque.

Hacia el sur hay un lugar…

Hasta 1995 aquel viejo almacén El patria -en Mitre y San Lorenzo, frente al bungalow patrimonial- permaneció abierto y un día de otoño cerró. Pasaron casi veinte años en esa esquina dormida de ladrillo común y persianas de chapa turquesa, hasta que un día una bandera de Argentina flameando en la punta y una tipografía sin serif le dieron, con minúscula, un nombre otra vez: brüder. Hermanos, en alemán. Sobre gorros, banderas y paragolpes se imprimió la calco de una generación en la que brüder se espeja, que empezó a circular por la ciudad. brüder se hizo enseguida algo más que un bar, un patio de cervezas o un buen negocio; se convirtió en una imagen, en una ciudad en la que la sed no es nada; la imagen es todo.
Pero hay algo más equilibrado en este hallazgo y se trata de la construcción del lugar. La refacción del lugar tuvo un sentido de recupero histórico. De los materiales, de la esquina y del espacio lo que les valió un premio: Diploma Aporte a la Identidad Marplatense, por haber mantenido las características constructivas del espacio y haber hecho de esa esquina una puesta en valor del territorio.

La refacción además incluyó dos aberturas clave. Las mismas integran al bar dos construcciones que están al frente en un montage de imágenes, construcciones y reconstrucciones que tiene una apariencia onírica, donde se superponen reminiscencias de las viviendas de los pueblos sobre ríos -Tigre, Nueva Orleans-; el tratamiento cinematográfico de la escena de Edward Hopper y las luces y postales de un bar surfista.
Sobre calle Mitre, se enhebra al bar el büngalow patrimonial con frente de chapa y techo a dos aguas. En esa misma pared, a la altura del segundo lote de manzana, hay una ventana situada encima de una puerta alta y antigua clausurada para el acceso; es una ventana de paño fijo deja filtrar la copa de los árboles históricos, altos de la vereda del büngalow. Y en una ciudad medianamente densa como ésta, en verano la luz de la luna se cuela y las estrellas conforman uno de los cuadros del bar.
Sobre calle San Lorenzo, la abertura apaisada que troquela la pared de ladrillo visto amplía el paisaje hacia La Guapa; un restorán con barra alta y muebles de madera oscura; manteles blancos, mozos de camisa y moño y faroles antiguos en la fachada, que le dan el aspecto de los años cincuenta y la apariencia de escenografía de Hopper. brüder se convierte así en el vértice de un ángulo que permite conectar imágenes perpendiculares; escenas imposibles integradas en un relato nuevo.
El bar abrió y explotó. Les permitió a los hermanos pensar –a los seis meses de la inauguración- en un nuevo espacio. Este nuevo lugar sería muy distinto. Con otros propósitos y otro público; menos cargado de emotividad; más expansivo, frío y arrasador, que se llevó puesta una casa en el barrio de Los Troncos.
De la casa en Olavarría entre Avellaneda y San Lorenzo quedó el terreno pelado y algunos meses después se edificó un galpón gigante con frente de chapa oxidada como una especie de pajarera de doble piso. Si bien los patios, los muebles y la iluminación es similar al primer bar y tiene el cuidado de un piso del patio con adoquines de madera, La Paloma tiene otra impronta: es un lugar pensado como embajada del deporte. En los leds rotan imágenes de partidos de rugby, fútbol, básquet, abiertos de tennis, de polo y competencias de surf. El socio de los hermanos en este emprendimiento es Pico Mónaco y la marca lleva un escudo, como si fuera el de un club.

La Paloma también se llama la cerveza de esa casa que ya se comercializa fuera de estos dos puntos de dispendio.
La paloma es también el nombre de una playa marplatense, situada en la costanera presidente Illia, a 4 kms. de la rotonda del Faro de Punta Mogotes, en la ruta 11: camino a Chapadmalal.
Es el punto del mar argentino donde tienen lugar las olas más desafiantes, que en el otoño de todos los años ponen a prueba el rendimiento físico de los competidores en un open de surf.
Es una playa con un tipo de ola derecha, con la ondulación en dirección al sur, al este y al sureste; olas con fondo de piedra y arena que miden de 6 a 10 pies.
La paloma es… un acantilado mítico.
El principio de un mar incierto.
El fin de la tierra firme.
El vuelo.

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