El mundo que viene / Trimarchi segunda parte: las conferencias

El mundo que viene / Trimarchi segunda parte: las conferencias

De las conferencias de los tres días estructuradas según temáticas –Arquitectura / Textil / Tecnológico– selecciono dos que cuentan la apertura de juego que hizo el Trimarchi en esta edición, en la que el diseño gráfico se vio influenciado por la experiencia de mestizaje de campos y disciplinas que logró el Club Tri. La primera, del arquitecto catalán Josep Ferrando, es la que abrió el evento. La segunda es la que dio el sábado en el Teatro Auditorium la diseñadora textil Lauren Bowker, que nos dejó a todos impregnados de color y de futuro.

     

El viernes, en la jornada dedicada a Arquitectura, Trimarchi abrió sus conferencias con el arquitecto barcelonés Josep Ferrando. Su obra es muy interesante, mucho más allá de sus realizaciones materiales. Gran parte de la misma ha nacido en colaboraciones con diversos estudios dentro y fuera del territorio catalán y estos proyectos lo han llevado a pensar sobre distintos lugares de la Tierra –como una plaza pública en Copenahue– pero también en los márgenes de los océanos Pacífico y Atlántico: desde un conjunto de viviendas en Chile hasta un desarrollo en la Costa de Vicente López, al lado de los paraguas construidos por Amancio Williams. Algunas de sus obras son de vivienda pero  mucho de su producción se concentra en la construcción de obra pública e intervenciones en el espacio público. La docencia es otro pilar: antes de entregar su proyecto de fin de carrera daba clases en la ETSAB y en la Escuela de Arquitectura de la Salle. La Universidad de Illinois en Chicago. El Instituto Europeo de Diseño, donde es ahora director de la Maestría de Diseño; La Escola de Cidade o la Hochschule für Technik de Zurich.

Ferrando expone sus proyectos en fotos, plantas, renders mientras cuenta las historias que encuadran estos desarrollos. En todos, es legible una mirada que los trasciende y que es oportuna a la época porque se enraíza en la incertidumbre como rasgo de un tiempo en que asumimos como estables las mutaciones, cuando aquello que perdura es la suma de todo lo efímero y cambiante… Una vez, el arquitecto argentino, historiador y crítico de la arquitectura, Roberto Fernández, le dijo a un auditorio lleno de estudiantes de arquitectura, como si les lanzara un sopapo: “no somos constructores de eternidades”. Fue lo mejor que se pudo decir, en un lugar donde el objetivo del aprendizaje de la disciplina es la posibilidad de hacer realidades materiales estáticas. Sin embargo, el destilado de esa atrocidad es de una sutileza necesaria de ser macerada con tiempo y humor. Porque es importante saber que la esencia de las cosas debe reflejarnos y nuestro rasgo más intrínseco es la marcha, el andar, el dinamismo. Ferrando parece haber encontrado la forma de hacer de esta noción realidades palpable.
Bastan aquí tres ejemplos de su trabajo que vale explorar en otro momento con más detenimiento: la puerta de un barrio en Chile; una casa en la que trabajó sin saber cuál era el comitente y cuáles serían sus usos y un collar que construyó como regalo a una mujer que cumplía 80 años.

     

La puerta del barrio en Chile tiene que ver con un proyecto arquitectónico  llamado “Ochoalcubo” que es liderado por el emprendedor y apasionado por la arquitectura, Eduardo Godoy. El mismo intenta promover la arquitectura en tal país con encargos interesantes e innovadores. Se trata de un barrio que se construye en las cercanías de Los Vilos, en la IV Región, Chile, pensado en 8 etapas que involucran a 8 arquitectos diferentes.
El reconocido arquitecto español Josep Ferrando fue invitado a participar en el proyecto ochoquebradas, como parte de un Plan Maestro en terrenos frente al mar al sur de la ciudad de Los Vilos, región de Coquimb. El proyecto busca desarrollar el diseño de casas para lotes individuales y para la comunidad que armonicen tanto con su entorno geográfico y paisajístico como entre sí, asegurando una arquitectura de calidad a largo plazo.
Además de la definición de algunas viviendas en particular, a Josep Ferrando se le encomendó la realización de una puerta de acceso al barrio, que fue pensada en un lugar distinto a aquel que separaría el barrio del resto del territorio. La puerta se situó sobre el tendido de un viejo riel de ferrocarril desfuncionalizado, sobre la montaña y entre el barrio y el mar chileno, el océano Pacífico.
Tal puerta, realizada en madera para que sea una construcción ligera y de fácil montaje, tiene la forma de una rueda que pendula sobre los rieles del tren, identificándose con la escala territorial de los mismos, que recorren el país longitudinalemente. El arquitecto dice que, de esta forma, el proyecto consigue una escala doméstica con sus seis metros de diámetro y una escala paisajistica asociada a la dimensión territorial de los mismos. Pero podría agregarse alguna idea más mística: que ese círculo sobre un eje constructivo es movido por los vientos; que al interior está calado con forma de mandala y que es la invitación a un viaje de mar y tierra, en el horizonte sin fin.

La casa que recibió por encargo sin noción de cuál era su comitente; quién viviría y cómo usaría ese lugar fue solicitada, proyectada y construida en el año 2016, en el barrio Ocho quebradas en Los Vilos, región de Coquimbo, en Chile, frente al océano Pacífico. Y recuerda un poco a los casos por encargo que recibe y decide resolver el misterioso y solitario escritor de novelas policiales protagonista de una de las más célebres novelas de Paul Auster: la Trilogía de Nueva York, en la que el autor reinventa el género y en la que el protagonista –Daniel Quinn, escritor de novelas policiales que es confundido con un detective en un llamado anónimo– sale a resolver misteriosos casos a través de anónimos en los cuales se involucra porque algo de los mismos tiene que ver con él y porque son un poco el motivo de su vida. Lo afín entre los llamados anónimos al detective y la solicitud de programa al arquitecto es el misterio. Lo afín entre Paul Auster y Josep Ferrando es que terminan resolviendo algo que está mucho más allá de la materialidad; algo que sale del caso o el programa; del lugar o del género y habla de un tiempo.
En este último caso, la vivienda que Ferrando proyectó se llamó casa 8+1 y tiene la estructura de una casa japonesa: la planta se desarrolla en 225 m2 y es un cuadrado limpio, vacío, con un cuadrado más pequeño al centro; un núcleo de fuego, la cocina, y alrededor espacios vacíos que se arman y desarman con paredes que se montan o rebaten y pueden o no estar. Así la plasticidad del lugar permite varios posibles espacios: más reducidos o más grandes, dependiendo de las necesidades de uso. Esta relación del un programa con los usos y las contingencias; esa relación entre la temporalidad y no con el material representa una noción contemporánea que acepta ese no saber como elemento constitutivo y ese poder ser distintas cosas en distintos momentos como rasgo característico de los tiempos y también de lo constructivo. Ferrando se refirió a la obra de Marcel Duchamp de una puerta con dos arcadas como idea inspiradora; esta aceptación de la imposibilidad de cubrir todo; de dar respuesta acabada; de resolver todo desde el saber. Los conceptos que se materializaron fueron el de flexibilidad, materialidad y espacialidad.

El collar infinito es una síntesis en un metro sesenta sobre un modo de ver y pensar, una arquitectura como construcción de la vida. Es un regalo que Josep le hizo a su madre para su cumpleaños de 80. Un estructura circular, configurada a partir de tramos enhebrados, en el que cada tramo o pieza tiene una extensión de 4 cm y equivale a 2 años de su vida… En total son 40 piezas, que representan 80 años. El material es plata mate, que va adquiriendo leves matices a partir de su uso y que fue presentado en una cajita donde estaba enroscado formando un ochenta de un modo particular: era, a la vez, un círculo con un infinito debajo. ¿Y qué decir de todo aquello que es posible en ese mínimo o máximo lugar?

(aquí: un enlace a su obra en la costanera de Vicente López: el nido cultural)

El sábado, descubrir a la diseñadora textil y de indumentaria inglesa Lauren Bowker fue un modo de saber del futuro que regresa. Y el lunes por la mañana, en la oficina, una diseñadora textil, una diseñadora gráfica y una periodista discutimos acaloradamente sus conceptos. La falta de comodidad y consenso que genera –sospecho- es de lo más positivo. Eso mismo ocurrió tras su conferencia también. Una mano se levantó en plena sala para preguntarle cómo era que trabajaba entintados en prendas que varían de color según el grado de contaminación, de polución del entorno ambiental, y paralelamente confecciona chaquetas de cuero, cuando la ganadería a cielo abierto es uno de los procesos más contaminantes de la Tierra.

Tal vez la clave de reconocer su importancia no tenga con que ver con el hecho de haber podido con las contradicciones del sistema. Tal vez si nos quedamos con los movimientos reprochables en los bordes del sistema: que por un lado desarrolla la fortaleza de sus consignas y hace diferencia en el diseño mundial cuando logra hacer visibles en sus prendas los estados climáticos y de suciedad de los entornos y, por el otro, esa invención la sostiene en prendas confeccionadas de forma no ecológica, no podamos ver lo más interesante. Por un lado, el origen que tuvo esa búsqueda. Por otro lado, el hallazgo, por encima de sus actuales realizaciones materiales.

 

  

Lauren Bowker pasó –según cuenta- casi un año hospitalizada por una enfermedad crónica. Esta inmovilidad obligada, esta restricción a una realidad repetida, aburrida y abrumadora, la hizo contactar con estados más profundos, en que las mutaciones, los cambios, las variaciones son más sutiles; levemente perceptibles. Dice que el dolor que cuando se siente es más apremiante que nada; que lo invade todo la que la guió hasta el lugar donde encontró la luz. En medio de la oscuridad, lo único que veía era el color… Cómo, en las máquinas que miden la frecuencia cardíaca, entre otras, veía que las variaciones de su cuerpo se medían en color y cuando salió de allí, supo que sus creaciones estarían orientadas a desarrollar esos matices; a confeccionar prendas que detectan estados, variaciones, sobre el mismo lugar.

Si después, el desarrollo de ese saber lo dejó amarrado a puertos correctos o reprochables y mainstream –por ejemplo, una calza para Nike que mide la progresión en la adquisición de un adecuado estado físico; una chaqueta de cuero animal que varía su color con el día y la noche y las estaciones del año o un trabajo conjunto con la empresa de diamantes Swarovsky– es un tema aparte. Estimo que el gran hallazgo, en medio del bullicio, ha sido que encuentre algo que también podría ser un retorno a algo que necesitamos: vincularnos nuevamente con las cosas que tenemos, usamos, llevamos y de un modo más personal; menos fetichista y enajenado. Volver a entrar en contacto con nosotros mismos, también a través de las capas más superficiales. Lo que quiero decir es: hace menos de cien años atrás, las prendas que una persona llevaban un poco la volvían reconocible frente a las demás. Había una asociación entre la prenda y la persona; el auto y la persona; el reloj y la persona. Siempre existió la moda y el fuera de colección, pero no con el recambio a una velocidad tan brutal como la que fue adquiriendo en las últimas decenas del milenio, cuando ya no sabemos porqué usamos lo que usamos, porqué lo tiramos. Si sirve, no sirve, si nos identifica o no. En este sentido, si alguien con un mayor corazón mirara esta creación como un estadio nuevo de evolución; si alguien suspendiera por un momento el juicio moral a Lauren Bowker y ni siquiera la aclamara por sus resultados como diseñadora… (a pesar de que, igualmente ahí, es necesario reconocer su talento que se refleja en su marca Therunseen) sino como una aventurera… como la conquistadora que trae del futuro un elemento testigo, encontraría el valor verdadero que tiene su trabajo; entendería todo lo que es necesario entender sobre algo que está más allá de la moda.