Japón, el maestro

Japón, el maestro

En esta colección de postales e historias se propone un viaje inacabado a la isla. Carolina Muzi -periodista y editora, especializada en arquitectura y diseño-, Bruno Zaitter -arquitecto, urbanista y docente de la Pontifícia Universidade Católica do Paraná, Brasil-, Magy Ganiko -fundador de la compañía de danza butho, movimiento MOI y espacio Utaki de experimentación de artes escénicas-, Omar Gómez -músico, bajista, docente-, Graciela Olio -ceramista, artista visual, profesora de Artes Visuales en UNA-, Rubén Kuratsu -chef y creador del restaurant a puertas cerradas Casa GOA-, Damián Pobihuszka –médico y fundador de Dionysios, centro de neurociencias, psicoterapia y desarrollo humano- cuentan cómo viajaron a Japón, qué conocían, qué les enseñó la cultura de la isla, qué trajeron, guardaron, amaron o aprendieron.

   

  

Nota de editora /

Para mí Japón es una colección de cosas que amo. Ficciones en que me conmovió la inexistencia de la distancia y de la diferencia cuando se trata de sentimientos, pero la existencia de un modo casi transparente de contarlos y hacer de estos sentimientos traducciones únicas, en muestrarios singulares de palabras. Maestros en la escritura de lo hermoso y lo evanescente, recuerdo ahora País de nieve, de Yasunari Kawabata y al hombre que se enamora de una mujer cuando la advierte en el reflejo de la ventana de un tren que cruza a toda velocidad la estación nevada. También del mismo escritor me conmovió Kioto y el florecimiento de los cerezos como una expresión que cobra un árbolo también genealógico cuando se recompone.  Ese modo en que seres humanos y ciclos naturales se vuelven protagonistas fundidos en una misma trama está presente en todas sus novelas: El sonido de la montaña, la Casa de las bellas durmientes, Historias en la palma de la mano.

Encontré, después, en Banana Yoshimoto ráfagas de amor que se cuelan entre la soledad, la incertidumbre, las tecnologías como posibilidad de un vínculo reparador, de pocas preguntas y muchas sutiles acciones, que sacan a una chica de la posibilidad de morir de tristeza acostada al lado de una nevera. En Banana caer en un sueño o despertar de un duelo; descubrir la sexualidad, un destino o una labor heredada se vuelve una aventura fresca, oscura y más tarde luminosa.

Los japoneses me han resultado expertos en la ausencia y en la capacidad de notar presencias ingrávidas; en el potencial de una comunicación afuera del lenguaje verbal que asusta a un mundo occidental edificado sobre la palabra, la certeza, la racionalidad, la prueba. Y también en tramitar con resignación y pocos reproches la orfandad, el abandono. Acaso su geografía traiga esa impronta, en una isla de todo ajena, perdida a la vuelta del océano… Con una bandera apasionada, cerrada y perfecta, como un círculo.

Japón es los contrastes: el blanco y el negro -y, por eso, la potencialidad de todos los matices-; lo efímero y lo perdurable combinados en una extraña alquimia; el misterio de cómo acoplar el tiempo desbocado del desarrollo tecnológico que lo impulsa hacia adelante y todo lo que fue construido en otra clave: la del tiempo lento de los ciclos naturales. Tal vez en el medio, en un punto de equilibrio, se halle la meditación: esa magia inventada para compensar esta locura; la promesa de una puerta de acceso al tiempo presente, por cierto bastante difícil de encontrar y bastante fácil de perder de vista.

Así como París fue Casablanca –la utopía de un lugar que reencontraría a los amantes- Tokio es Lost in translation, el film de Sophia Coppola: ese inmenso, incierto, inexplicable azul del mundo y del cielo, tras el gigante ventanal de un rascacielos en el que Scarlett Johansen espera algo… Quién sabe  si una revelación o que se haga de noche; algún guiño del destino o meter un cambio marcha atrás… y encuentra al amor sin ninguna promesa, sin futuro porque todo ya ha ocurrido y ha sido cierto.

Japón es el diseño perfecto: la arquitectura de la moda de Issey Miyaki –el corte, la caída como la del universo: por la ley de gravedad y sin costuras- y sus alquimias de otro mundo; perfumes sutiles a partir de flores blancas: nerolí, jazmines, nardos, peonías y maderas exóticas como sándalo y cedro. El suave camino hacia el éxtasis. Y las revelaciones del diseñador Yamamoto, que haciendo gala de una forma refinada del aikido dice: “mi vida es una paradoja; renuncio a la moda a la vez que la creo” y eso es apenas el entremés de su manifiesto del que alcanza con extractar cuatro estrofas: 1. “basta de trajes, corbatas y hombres de negocios. Seamos vagabundos”, 2. “Para mí, la palabra andrógino no significa nada. Creo que no hay ninguna diferencia entre hombres y mujeres”, 3. “El negro es modesto y arrogante a la vez. Es algo sencillo y fácil pero a la vez, muy misterioso. Son demasiadas cosas juntas que se pueden interpretar de forma muy diferente en todo tipo de materiales. Y el material es la propia piel. Pero el negro dice, por encima de todo: “Yo no te molesto, así que tú no me molestes””. 4. “Me gusta dejar un espacio en blanco en todo lo que hago. En japonés lo llamamos ma y creo que es ese espacio el que le aporta ese toque zen a mis prendas”.

Hace muchos años, en alguna entrevista de la que hoy ya no encuentro el rastro, alguno de estos dos diseñadores hablaba del desarrollo de sus espaldas, mundialmente celebradas en la industria de la moda; lo hizo destejiendo una perfecta confección y  desarmando un bronce; contó que su obsesión con las espaldas tenía que ver con un miedo primitivo al abandono de su madre o de haberla visto yéndose, muchas veces. Entendí también ahí que hay algo de la rudeza, la desesperación, el dolor que esta cultura aprende a transforma con el tiempo –como aliado, como magia- en una maravilla; algo digno de existencia, de contemplación, de admiración.  Y también tiene algo freak, Japón: algo extraño, sabio, longevo y extraterrestre; como David Bowie, que lo vuelve insoslayable, necesario y que tiene la paciencia de esperar a que alguien pueda llegar allí.  Yo no viajé a Japón… Sólo percibo este mundo latiendo más allá de los océanos.

Pero ellos, sí… Y a la vuelta de sus viajes, a través de sus historias e intercambio de postales, inventamos una forma atípica de ir todos, de invitarlos a ustedes a viajar.

 

     

Sobre la belleza y la dulzura / por Caro Muzi -periodista y editora, especializada en arquitectura y diseño-

Al despunte del siglo, varias cosas confluyeron para que empezara a enamorarme suave pero firmemente de Japón. No tuvieron nada que ver el sushi o el té verde. Descubrí la noción de wabi sabi gracias a una colección antológica para vestir niños: plaza color, que tenía unas remeras con la inscripción: “si me ensucio, wabi sabi”. Amorosa divulgadora de buenas cosas, su autora me explicó que no había conexión entre el wasabi -la remera era verde arveja- y el wabi sabi –que era la quintaescencia de la belleza en el pensamiento tradicional japonés: ese concepto que enaltece la imperfección, hace del tiempo el lustre y siempre mejora el aspecto de las cosas. Conseguí el pdf de un libro que es figurita difícil: wabi sabi para artistas, diseñadores, poetas y filósofos. Y luego El elogio de la sombra, de Tanizaki, en una edición de Siruela pequeña y cara por demás.

Antes de aquella marea del lejano este, ya tenía cariño por personajes del diseño japónico como Fukuda, Rai Kawakubo, Issey Miyake o Tadao Ando; me gustaban, en la música, Happy end, Ruichi Sakamoto y Damo Susuki; del cine o la imagen, Kurosawa y Miyazaki más algunos escritores que bailaban en la palma de mi mano: Kawabata y Banana Yoshimoto. No identificaba de la pintura japonesa mucho más que la ola de Hokusai y el inventario anónimo de los peces, las flores y los patrones de geometrías naturalistas…

Andando el siglo, me mudé a la periferia platense, cerca de colonia Urquiza; un asentamiento rural nikkei de los años 60, dedicado al cultivo de flores. Aquel año llegamos justo para ir al primer bon odori: una fiesta tradicional budista que cada año despide con onda y bailes colectivos a las almas que partieron. Así, el primer fin de semana de cada enero, el rito se monta en torno a una gran kermesse en el medio del campo. Las mujeres y los hombres de la comunidad, ataviados en kimonos y yukatas respectivamente, guían a la multitud en una ronda gigante, en cuyo centro late una atalaya de tres o cuatro metros de alto, donde un trío de jóvenes nikkei le da parejo a bombos y gongs. De ese mismo eje penden en disposición radial las lámparas orientales de colores que todos conocemos como farolitos chinos. Un año después me estaba yendo a Tokio con una pequeña muestra de mates en un envío de diseño nacional. además de varias notas y algunos logros -que llamaran a una diseñadora argentina como diana cabeza para equipar espacio urbano tokiota, que algunos jóvenes nipones se interesaran por la cultura del mate y sus implementos, que creciera el intercambio- hicimos un buen amigo: Daisuke Kobaiashi, hoy agente cultural del gobierno de Japón en Brasil.

Ayer, luego de buscar en el aeropuerto a la hija de una amiga que tiene hermosamente mixeados los rasgos japoneses de la vía paterna con los vascoargentos de su madre, hice compras en el Asahi -un supermercado sobre la ruta 36, en Colonia Urquiza, que recomiendo a los curiosos de las culturas… Es un mega galpón almacén de ramos generales al estilo campo, donde se consigue sal, jabón, fósforos o heladeras e ingredientes variadísimos para la cocina japonesa o boliviana, la otra comunidad que se dedica a la floricultura en la zona y en cuya verdulería se consiguen cultivos propios como los capullos de myoga o daikon. También hay tinta china en frascos de medio litro para dibujantes avezados, golosinas con todos los dibujitos y recursos kawaíi (gracia japonesa, muy asociada a los dibujos animados, ese rasgo infantil que pone logos con hormigas y animalitos en la identidad de bancos, corporaciones, correo oficial o libretitas) y snacks insólitos (cadáveres de anchoítas disecadas) o bebidas kitsch con semillitas de kiwi que flotan en una gelatina celestoide.

Ayer fui porque necesitaba alegrarme el día. Y, al regreso, necesité hurgar en Lo próximo y lo distante: Japón y la modernidad-mundo (en traducción de Amalia Sato; Interzona, 2003), un bonito ensayo del sociólogo brasileño Renato Ortiz que atraviesa el espacio y la historia transversalmente y ofrece afilados andariveles para pensar los cruces entre consumo y naturaleza, tradición e identidad, trabajo y ocio, sentido comunitario… entre otros temas. Dice en el prólogo que Japón se toma como texto y pretexto para construir un objeto sociológico, como un artificio que permite captar el proceso de mundialización de la cultura.

Inspirada por la japodosis, anoche mismo contacté por facebook a la amiga que me introdujo al wabi sabi… Ella estaba en la isla. Quizá solo eso hubiera empujado esta deriva de datos y vivencias pero por la mañana me encontré con esta noticia de San Valentín: a 80 años de la creación del chocolate blanco, la misma empresa japonesa que creó esa maravilla, Barry Callebaut, lanzó hoy el chocolate rubí, de color rosa, que se obtiene sin colorantes, aromas, ni bayas; únicamente a través de granos de cacao.

   

Sobre el descubrimiento y la pasión / por Bruno Zaitter  -arquitecto, urbanista y docente de la Pontifícia Universidade Católica do Paraná, Brasil-

El año pasado estuve de luna de miel en Japón. Fueron quince días para recorrer cinco ciudades: Tokio, Nara, Osaka, Kyoto y Hiroshima. Esta elección representó mucho más que un destino romántico y exótico. Conocer Japón fue, sobre todo, un inmenso aprendizaje. Mi esposa y yo nos encontramos exactamente con el Japón que esperábamos: personas extremadamente gentiles, serviciales, calles limpias, rascacielos bellísimos, comida maravillosa, respeto por las reglas, una infinidad de templos y santuarios, mucha tecnología, movilidad urbana eficiente.

Pero además encontramos una completa dedicación en cada cosa que hacen: en el brillante arte culinario –todo sabe perfecto, delicioso–, en los rituales religiosos impresionantemente preservados a lo largo del tiempo, en la transmisión de la memoria de su pueblo, rico de historia –una transmisión que consigue ser generosa, cortés, incluso para narrar los momentos de ruina como los de las bombas atómicas–. También me conmovió la mezcla arquitectónica entre la técnica tradicional de construcción en madera y el actual uso de nuevas tecnologías. Pudimos percibir que los japoneses aprecian de todo corazón lo que producen y exportan: los famosos animés y mangas, las artesanías siempre presentes en cada calle, las monumentales construcciones de los templos budistas y santuarios shintoistas, la belleza de la arquitectura minimalista y la bella heterogeneidad de los grandes centros urbanos japoneses.

En medio de tanta producción tangible e intangible encontramos los barrios como Shibuya y Harajuku en Tokio; una miscelánea de personas que aparentan ser aquello que verdaderamente desean ser: originales y libres en su esencia. Lo que más nos marcó en esos quince días es el respeto que vimos de cada persona por lo que es de uso común, lo que es de todos. Es sorprendente la autolimitación que demuestran en relación al respeto por el otro y cómo esto se visualiza en los ambientes públicos: desde llevar un barbijo si están enfermos para no contagiar infecciones, no dejar sonando un celular, tener cuidado de no incomodar al que está al lado, hacer silencio en cualquier lugar compartido: sea un transporte, edificios, parques. Hay una preocupación evidente en cuidar una esfera que en otros lugares es muy fácil de romper y sobrepasar: se trata de ese espacio que los separa del otro. Incluso por este mismo hecho, cultivado desde lo más pequeño, son bajísimos los índices de corrupción en el país.

Por otro lado también los japoneses son menos propensos a las relaciones efusivas y según supimos luego este hecho los deja más susceptibles a cuadros intensos de depresión, en la medida en que es poco lo que logran exteriorizar y expresar tanto sus alegrías como sus tristezas. Con todo, volvimos de Japón apasionados; también por ese archipiélago culturalmente rico y distante de todo aquello que conocemos como dado.

  
  

Sobre la flexibilidad y la fortaleza, por Magy Ganiko -fundador de la compañía de danza butho, movimiento MOI y espacio Utaki de experimentación de artes escénicas-

En el año 1991 pude cumplir con mi sueño de ir a Japón para estudiar con uno de los pilares de la danza Butoh, el maestro Kazuo Ohno. Si bien mi idea era quedarme un año, el canto de las sirenas me atrapo por casi ocho años. No tenía ni beca ni subsidios, solo contaba con una visa de trabajo que me permitía trabajar en Japón por ser descendiente de familia japonesa.

Este viaje produjo movimientos tectónicos en mi identidad y una percepción otra del mundo, las grandes diferencias con la Argentina de aquel momento, que con una inflación del 500% mensual (!!!), contrastaba de una forma casi indecente con la estabilidad y eficacia de ese pequeño conglomerado de islas que a pesar de la falta de recursos naturales se había convertido en una gran potencia económica y cultural del mundo. Sentí que la riqueza de la tierra no hace a la riqueza de un país; que hay una combinación de factores que somete a un pueblo al retroceso. Argentina y Japón siguen siendo el reflejo de la perfecta antinomia, hasta en el uso horario. Cuando Tokio se encuentra en el fragor del mediodía, la medianoche adormece a Buenos Aires. Un sábado 26 de octubre de 1991 comencé mi entrenamiento en el estudio de Kazuo Ohno, fue grande mi sorpresa cuando me enteré que ese día iban a festejar además su 85° aniversario! Ese espacio de arte donde se respiraba la vanguardia misma de la danza de los años cincuenta y sesenta fue mi trinchera, mi laboratorio, mi familia durante todo el periodo que pasé entre la ciudad de Yokohama y Tokio. Dos japones se yuxtaponían en mí. Una alimentaba mi conocimiento a través de la danza, la cultura y el afecto de la familia Ohno que me arropaba como a un hijo prodigo. La otra Japón me confrontaba a las durezas de la sociedad del trabajo: disciplina férrea, falta de flexibilidad… un otro planeta que igualmente me entrenó a su manera para danzar. Si, el trabajo era tan duro que un día le tuve que decir a Yoshito Ohno que no sabía si podía seguir yendo a las clases ya que terminaba tan cansado que no podía mover mi cuerpo. El me respondió con una frase que aun hoy le agradezco: “la fábrica es tu lugar de entrenamiento, porque es el sufrimiento con lo que se construye el cuerpo Butoh”.

Mi primer solo en un teatro de Tokio se lo debo al hijo de Kazuo Ohno, Yoshito Ohno, que me pidió tomara su lugar ya que él tenía otro compromiso. Y yo tocaba le cielo. Kazuo Ohno dejó este mundo en junio del 2010 con 104 años! Mas que una técnica –él despreciaba hablar de técnica– este genio de la danza me transmitió el arte de danzar lo invisible, lo impensable. Él y otros personajes históricos de este movimiento contracultural nacido en los años de posguerra me dieron coraje para soltar lo aprendido, para saltar al abismo de lo incierto, para reinventarme y abandonarme a la incertidumbre de: Japón, el maestro desconocido. Por eso solté la danza Butoh para crear el sistema M.O.I (Movimiento Orgánico de Individuación), haciendo honor a la frase de Nario Goda, el gran crÍtico y teórico de la danza Butoh, que en un encuentro casual me dirigió esta frase paradojal: “…dejá el Butoh, el Butoh es moto-ni modoru”, lo que quería decir: ¡volver a la fuente! Con el tiempo entendí que cuando hablaba de fuente se refería no a una técnica, o a un territorio, o a una forma, sino a la fuente misma de la creación en donde el arte es juego y potencia, en donde el cuerpo es multiplicidad, en donde las oscuridades de la vida se desbordan para delirarse en una danza de plena luz.

Mi última visita a Japón fue un viaje a Okinawa, tierra de mis ancestros. En el año 2008 el Gobierno de Okinawa inaugura el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo en la ciudad de Naha, actual capital de esta provincia. Antiguamente Okinawa era un reino independiente llamado el Reino de RyuRyu, y en el siglo diecinueve fue anexado a Japón perdiendo su autonomía y su lengua. Por suerte su cultura siguió viva gracias a la herencia matriarcal que sigue siendo la cuerda que une a los autóctonos de las islas con su historia. Las mujeres han sido y siguen siendo las transmisoras de la tradición animista, del mundo espiritual de esta región. Tuve la buena fortuna de conocer a un grupo de yutas –suerte de chamanas que me hicieron conocer los espacios sagrados de las islas–, los utaki –lugares que detentan un cierto poder energético y que se encuentran en las ciudades y en la naturaleza–. A partir de estos encuentros creé para el festival Semana de la Danza, celebrado en Francia en el 2010, un solo llamado “Utaki” y al volver a la Argentina, en el año 2012, creé mi espacio de investigación en el barrio de La Boca: “Espacio Utaki”. Japón fue para mí el reencuentro con la mitología familiar, con las pulsiones más profundas que llevó a cabo la unión de mi parte oriental a la latina. Combinó los tiempos ralentizados de la danza japonesa con el frenesí y la pasión a ritmo del tango. Sigo viviendo en mí los claroscuros de este país, la delicadeza de sus ceremonias y ritos, en contraste con la del mundo electrónico del barrio de Akihabara. Pero tal vez sea este contraste el que resalta el profundo espíritu estético del Japón, siempre entre la pluma y la espada.

       

Sobre la inocencia y las emociones, por Omar Gómez  -músico, bajista, docente-

Este es el tercer viaje que hago a Japón. Todos fueron viajes profesionales; giras que duraron tres semanas en la misma etapa del año –septiembre a octubre. Fui invitado a tocar el bajo acompañando a la cantante Anna Saeki, que hace treinta años canta y hace música argentina: empezó por el tango y luego fue incorporando el folclore, canciones de León Gieco, Mercedes Sosa, traducidas al japonés. Anna es un personaje que fusiona las dos culturas. Es muy loco tocar Sólo le pido a Dios en japonés… Hay algo evidente tras esa traducción: la idea de que todo el mundo puede estar cerca, más allá de las culturas; de que nada está tan lejos a pesar de que así parezca… y que la música es el lenguaje universal de las emociones.

Esta última vez estuve en diez ciudades de Japón. Haciendo diez conciertos, cuatro ensayos y algunos días de paseo. Kioto es un lugar maravilloso –asiento de mil seiscientos templos– pero fue Hiroshima la ciudad que más me conmovió. Además de que fue el lugar donde tocamos frente a más público, la definiría como una ciudad chica, de río y montaña, que nos enseña cómo después de tanta oscuridad viene tanta luz… Es una ciudad mágica. Allí, de casualidad, en una tienda multitasking hallé, al fondo del local, un bajo que le regalé a mi hija. Estaba muy barato y era muy bueno; sólo le faltaba una pieza que se podía reponer… No sé si era para bajarle tanto el precio… Me llamó la atención; lo chequeé, vi que estaba casi perfecto y lo compré y mi hija ama ese bajo… Pero en este mínimo elemento se expresa toda una cultura: la del esfuerzo por el hacer perfecto. Ser impecable y hacer lo mejor que uno pueda, que es una idea que se vuelve contagiosa… que invita a trabajar de la manera más profesional posible, dando lo mejor de uno. Y creo que de eso tenemos mucho que aprender. También descubrí un lugar que me es cercano, amable, limpio y con una impronta de inocencia y pureza que nos recuerda a los niños.

        

Sobre las inscripciones y los tesoros, por Graciela Olio -ceramista, artista visual, profesora de Artes Visuales en UNA-

Vengo de mi primer visita a la islacon el honor de haber sido una de los ocho invitados internacionales al 2017 International Ceramic Art Festival, en Sasama, Shimada, estado de Shizuoca; un festival de cerámica contemporánea realizado en Sasama, un pequeño pueblo de montaña donde bianualmente ShozoMichikawa–un gran artista ceramista japonés– organiza esta movida internacional. El festival consiste en dos días intensos de Lectures y Workshops de los artistas invitados y otros dos días de ferias de cerámica con artistas seleccionados, ferias de comidas tradicionales, exposiciones, ventas de objetos cerámicos… Tanto la lecture como la demostración fue multitudinaria, tuvo un gran éxito y muy buena recepción. Consideraron muy original mi propuesta de trabajo: con técnicas de impresiones antiguas y contemporáneas sobre distintos soportes cerámicos con los que luego armo casas objeto que remiten a las casas pobres latinoamericanas o a casas refugios relacionados con situaciones de guerra o de vulnerabilidad. Lo que les interesó fundamentalmente es el trabajo con un material tecnológicamente nuevo como son las láminas de porcelana flexible (marca Keraflex). Estas son alemanas y tienen la particularidad de poder trabajarse con un muy fino espesor (1mm) y son flexibles, estando secas. Sobre éstas imprimo con diversas técnicas y armo la casa. Esto les pareció diferente, si bien es porcelana, es otro modo de trabajarla.

Luego de la semana en Sasama, fuimos a Kyoto, Seto y Tokyo. Yo viajé con mi hijo Agustín, de 26 años, que me ayudó a moverme; no es fácil, andar sola por Japón,porque hay muchos carteles y señalizaciones (especialmente en las estaciones de tren) y no todas están en inglés. Hay mucha gente por todos lados y hay que actuar rápido. También Agus me ayudó con el inglés porque el mío es bastante básico.

Antes de conocer el país ya tenía referencias que admiraba en la cerámica: ShozoMichikawa, Tomoko Kono, HiroshigueKato, Jun Kaneko, la familia Raku y tenía muchas expectativas porque Japón es uno de los referentes más importantes tanto históricos como contemporáneos de la disciplina. Encontré mucho más de lo que iba a buscar… Además de que tienen una cultura milenaria que ha producido maravillosas obras de arte, lo que más me llamó la atención es la valoración del artista ceramista –los más importantes de ellos son considerados tesoros vivientes…– yel uso cotidiano que hacen de la cerámica. En su cultura, la cerámica es sumamente importante que incluye la pintura y el grabado; sus estampas. Está directamente relacionada con el uso cotidiano. En Japón no separan, como en Occidente,la cerámica artística (objetos, esculturas, paneles, etc.) de la cerámica funcional realizada artesanalmente.Todos los japoneses la utilizan a diario como objetos utilitarios, especialmente para comer y tomar té verde, pero también como objetos decorativos (macetas, floreros). En la contemporaneidad la cultura japonesa se fusiona con Occidente, pero a su vez continúa reverenciando su identidad.Creo que en el intercambio cultural buscanno sólo afianzar su cultura milenaria y exquisita sino abrir sus mentes brillantes y expectantes del mundo contemporáneo.

Con apenas horas de haber regresado a Argentina, después de 22 intensos días, podría decir que Japón me enseñó el respeto absoluto por la identidad y a su vez el respeto absoluto por el otro.  Me acercó a la idea de la belleza, la disciplina, el rigor, la sensibilidad y la austeridad.

  
   

Sobre la infancia, la identidad y la cocina, por Rubén Kuratsu -chef y creador del restaurant a puertas cerradas Casa GOA-

Mi familia es descendiente de la región de Okinawa. Mi abuelo llegó a Argentina solo, a los quince años. Salió de aquel pueblo de pescadores abrazado a la idea de irse de allí –wkara nai: yo me voy de acá–, en un afán exploratorio juvenil que coincidió con la ola inmigratoria que dejó las costas japonesas después de la bomba de Hiroshima y Nagasaki. Aquí fue uno de los fundadores de la Asociación Japonesa en Buenos Aires. Luego le mandaron de Japón a mi abuela y se casaron aquí. Se llevaban veinte años de diferencia. Se vinieron a vivir a Mar del Plata y mi abuelo se dedicó al oficio de armado de redes en el puerto; tenía un sistema único y se lo pagaban muy bien. Él murió cuando mi papá tenía dieciocho años y mi papá no fue un continuador de la cultura japonesa, en nada; ese oficio de mi abuelo lo hacía sólo cuando económicamente lo necesitaba, pero se dedicó a trabajar en la industria textil y de hilados, que era típicamente local, en esos años. Mi papá renegaba de esa identidad y de ciertos conceptos de autoridad muy restrictivos que definen a la cultura japonesa, de su machismo… El se definía –aún hoy– argentino y ya… En la cocina le encantaba hacer asado, guiso; no comida japonesa… Hasta se olvidó del idioma. Mi madre, que es argentina, daba –era  cocinera del Golf de Miramar y en una época tenía un programa en el canal local sobre cocina. Para mí cocinar fue un hecho natural pero la raíz japonesa la descubrí más tarde. Durante la primera infancia mi único contacto con mis raíces fue mi abuela. Mi abuela me cuidaba cuando yo era chiquito, me hacía unos nigui nigui –pequeños scones de pescado y arroz con colorante– y me cantaba canciones en japonés. Luego se murió y en mi entorno no había ninguna relación con esa cultura.

Yo abrí mi primer restaurant, Dionysios –en la esquina de Córdoba y Alberti– en el año 2004 y casa GOA, en 2012. Los primeros dos años funcionó en Peña entre Tucumán y Arenales, frente a un vivero y luego aquí en esta casa de Viamonte entre Castelli y Alvarado, como restaurant a puertas cerradas. En 2015 recibí una beca para descendiente que duró seis meses e hizo un cambio profundo en mi hacer gastronómico.

Me enteré de esa beca por mi hermana Valeria, que tocaba el taiko –un gigante tambor que tradicionalmente se usaba para la guerra– en la Asociación. Eran tres para toda América Latina. Ese proyecto me reconectó con la Asociación Japonesa de Mar del Plata, de la que mi abuela había sido miembro y ahí me enteré que adoraban a mis abuelos y a mi padre no…  De alguna manera condenaban que él no hubiera continuado la labor de sus padres y la tradición. A los meses gané esa beca Escuela Samurai Gourmet, situada en el medio de la montaña, frente a un lago, al sur de la isla de Kyüshü, en la bahía de Kagoshima. Esta región fue una isla autónoma y la lava de la erupción de 1914 la unió al resto del territorio japonés. Es un poblado al pie del volcán Sakurajima en el que a la tarde, a veces, vuela ceniza y la ropa se pone gris.

El sonido ambiente de toda la isla es el silencio y perturbar es ese sonido es considerado una falta de respeto. No hace falta. En Tokio hay un barrio llamado Shibuya, que tiene un cruce de varias avenidas parecido a un hormiguero. Sin embargo, la gente no se toca. Los celulares vibran; todo el mundo escucha su música en auriculares. Si a alguien le suena un celular en un subte se percibe la vergüenza que siente. Y la forma absoluta que tiene su respeto es un valor intraducible.

El primer mes de la estancia en Japón la pasé muy mal; fue muy duro ese silencio. Cursábamos de lunes a lunes, de 9 a 17 horas, durante los dos primeros meses Cultura Japonesa, ¡en japonés! Yo me había aprendido el idioma de grande y es increíble la complejidad del lenguaje: tienen dos abecedarios; uno es el hikagana (sistema de palabras japonés), el otro es el katakana (incorporación de palabras o símbolos de otras culturas, como por ejemplo para decir televisión o tenedor). Pero además comparten el Kangi (sistema de símbolos que es el mismo en toda Asia). Entonces, por ejemplo leer el periódico es algo de la vida adulta; que requiere de una interiorización de estas capas y pasa recién como a los dieciocho años.

También durante ese primer tiempo me tocó convivir algunos fines de semana con una pareja de ancianos. El propósito era que conociéramos la vida tradicional japonesa. A la señora la ayudaba con las tareas de la casa y la cocina y con él jugaba al mini golf –la distribución de las tareas es verdaderamente muy machista–. Pude ver es realidad cultural desde el interior y Japón tiene esas dos caras: por un lado, es un ejemplo de buenas costumbres alimentarias y físicas que llevan a una longevidad muy activa –se ven ancianos agachados, cultivando arroz, haciendo yoga, tai-chi, andando en bicicleta– y que a su vez es la reserva de su cultura y su tradición… Pero la juventud escapa de allí, no tienen hijos…  A la semana de estar allí yo estaba desesperado. Allá la gente no se toca, habla si es necesario; no sale. Salía a correr por la orilla del lago y sólo veía a un mandril… Entonces organicé un campeonato de fútbol y fue increíble ver a los japoneses jugando al fútbol… Los rebauticé a todos: Monkey, Ribu, Neimar… porque me costaba aprender los nombres verdaderos. Había llevado un montón de camisetas de Argentina para regalar; necesitaba palabras, cosas que me re enlazaran. Yo soy argentino; necesitaba jugar al fútbol, ir a un bar… Finalmente, los convencí de salir a tomar cerveza, a mirar chicas y me di cuenta de lo ingenuos que son. Ingenuidad o timidez, introversión y una capacidad de tolerancia al aburrimiento que es asombrosa, en una cultura bastante machista y restrictiva; que está completamente estratificada; donde hay una alta tasa de suicidios y las presiones son demasiado grandes.

Al término de esos dos primeros meses tuve otros cuatro de clases prácticas de cocina. Eso era lo que disfrutaba pero para sus expectativas de perfeccionismo absoluto tenía que volver a hacer las cosas muchas veces. Japón es la forma perfecta de hacer todo. En Japón no hay segundas marcas. Hay cosas mal hechas. Y se tiran. Y se vuelven a hacer. Hasta que estén como deben ser. Esa historia de que la huelga es trabajar doble es para generar que el mismo producto –bien hecho– pierda valor. Nunca hay nada en mal estado. De hecho, las pescas son del día y a lo largo del día tienen tres precios distintos: una pesca de la mañana no tiene la misma frescura pasado el mediodía que al atardecer.

Creo que lo que valoraban en mí era la capacidad de reírme y tener buena actitud hacia las cosas. Eso seguramente más que los resultados. Pero yo aprendí un montón. Esa clave introspectiva no la tomé para una experiencia personal en ese sentido. Me salió, en cambio, sacarlos a ellos para afuera. Creo que lo valoraron y me escriben algunos amigos a ver cuándo vuelvo… Creo que será para el Mundial de Rugby 2019, que se juega en Japón.

    

Sobre los claroscuros de Japón, por Damián Pobihuszka –médico, fundador de Dionysios centro de neurociencias, psicoterapia y desarrollo humano-.

Hace dos años, cuando sacamos los pasajes para viajar a Japón, mi mujer estaba embarazada y no teníamos aún una consciencia muy clara de qué era ser padres de un niño de un año y medio… El plan era ir a meditar y alojarnos en distintos templos, pero ese propósito, con Teo, se redujo a dos templos y el resto del tiempo de los cuarenta días hicimos un plan más turístico, urbano y vivimos en departamentos que alquilamos por Airbnb.

Uno de los templos que nos alojó fue EIHEJI, un monasterio en las montañas, cerca de Fukui, al norte de Tokio. Se trata de un monasterio Zen, fundado en 1244 por Dogen, uno de los grandes maestros de este camino. Aquí se viene practicado Zazen (Meditación Zen) continuamente hace más de 700 años y actualmente lo hacen unos 200 monjes que viven y realizan su período de formación y entrenamiento en este lugar. Es, por tanto, un lugar muy vivo… A diferencia de otros templos que conocimos, cercanos a cementerios, rodeados de naturaleza, escondidos entre árboles o al pie de una montaña.

Estuvimos allí y luego en Toyama; en Kioto, diez o doce días, donde visitamos templos –fue maravilloso encontrarse cosas distintas en cada uno de ellos; recuerdo varios construidos completamente en madera… algunos que se incendiaron y fueron reconstruidos perfectamente y uno hecho a partir de una madera aromática cuyo olor es indescriptible-. También visitamos jardines Zen que nos permitieron recordar esa noción de que el fondo de nuestra mente es vacío como el cielo abierto… y en otros jardines, cuidados al detalle. Estuvimos en Hiroshima y al sur, en Shyngu, en la península de Kii; un lugar donde hay trazado una  serie de rutas de peregrinación entre santuarios sintoístas y budistas utilizados desde antes del siglo X. Son los antiguos caminos de Kumano-Kodo, una especie de Camino de Santiago japonés. Cada espacio va proponiendo formas a la meditación…

Finalmente, llegamos a Tokio. De dormir en templos a las profunda ciudad de los carteles. Estábamos perdidos un sábado al anochecer buscando, entre instrucciones en japonés y conversaciones en inglés, el departamento que habíamos alquilado. Y estaba por llover. Entonces frenó un auto; un hombre se bajó porque se dio cuenta de la situación y llamó por teléfono al que nos alquilaba el departamento, nos guió, nos acompañó, con una amabilidad inusual en el mundo… A diferencia, por ejemplo, de la India donde uno tiene que preservarse un poco de todo aquel que te llame my friend y te ofrezca su ayuda para llegar a un lugar, en Japón hay una sensación de tranquilidad muy grande en relación al espacio público, a la gente que ofrece una ayuda y a la posibilidad de dejar un carrito con las compras y mochilas y caminar unos metros, sabiendo que todo va a quedar donde estaba.

Tienen una cultura del trabajo que permite admirar los frutos del esfuerzo en el trabajo pero también tienen lo malo de los rasgos obsesivos: la presión, sobre todo, y alguna forma de canalizar todas esas restricciones a través de la sexualidad que para nuestra mirada roza la pedofilia. Ese barrio, Akijabara, que fue el de la tecnología, hoy se ha convertido en un barrio de la cultura manga. En la vereda recuerdo un café llamado Mode Coffe donde unas niñas tomaban de la mano a los hombres que pasan por la calle y los invitan a pasar atrás de una cortina y era extraña la forma en que lo hacían… Más como si estuvieran intercambiándoles algo en relación al poder más que al sexo.

Japón parece ser el país de los contrastes pero no por las formas habituales en que solemos decir que un país tiene contrastes… La manera proporcional de edificar y dejar espacio a la naturaleza –considerada lugar sagrado- es sorprendente y, también, como cada espacio verde está utilizado: o como arrozal sembrado, o como lugar de meditación… Esa convivencia de megaurbanización con naturaleza; de shintoismo con chamanes japoneses… De tranquilidad y de tiempo pero el tren bala y un sistema de transporte de hiperpuntualidad es muy impresionante. Viajar a Japón es viajar a otro planeta; donde todas las reglas básicas y símbolos que das por sentados son distintos y es un aprendizaje del todo. Uno se pregunta cómo han sobrevivido a tantas cosas… También a los impactos de la naturaleza, como los tifones. Incluso para eso han encontrado solución: unos diques en la costa que recubren la ciudad y resguardan a los habitantes de las posibilidades inesperables del océano.

De allí me traje dos cosas, dos muestras testigo de los dos japones: el ancestral y el moderno: unos auriculares que me parecieron perfectos para escuchar música y un zafu negro para meditar relleno de algodón de alta densidad y forrado en tela negra. También, algunas caligrafías.