Niños: Lugar. Hogar. Jugar. Pensar. Crear.

Niños: Lugar. Hogar. Jugar. Pensar. Crear.

El mundo dado

María Montessori nació en Chiaravalle en 1870 –un pueblo de la región de Ancona, al noreste de Italia– en los años en que Italia, luego de un proceso de largos años, estaba recientemente unificada bajo la forma de un estado nación: el formato en boga del S.XIX, que se impuso como decisión política en un territorio cuya historia reciente estaba definida por provincias regidas bajo sistema feudal. María Montessori fue contemporánea a Antonio Gramsci. Ambos atestiguaron –desde distintos lugares sociales, experiencias vitales y desarrollos intelectuales– la misma Italia. Antonio Gramsci estimó que la unificación –o la alianza de la aristocracia agraria del sur apoyada por la burguesía local con la aristocracia del norte y las clases burguesas mercantiles e industriales de la Italia septentrional–dio lugar a un proceso irreversible de empobrecimiento del proletariado, particularmente sentido en el sur, dado su menor desarrollo económico y menor acceso a las formas establecidas de la cultura. Así, el norte de Italia impidió –con la complicidad de las clases dirigentes meridionales– el desarrollo del sur que fue convirtiéndose en tierra fértil para el bandolerismo, la emigración y la perpetuación de una situación socioeconómica desmoralizadora de las clases pobres.

       

   

 

A diferencia de Gramsci, ella nació en una familia burguesa y católica. Su padre era un militar que tenía una concepción de la importancia de la educación de la mujer y, así, María fue una mujer inquieta y primeramente educada por la idea de la educación, como motor. Tal vez eso explique que haya estudiado Ingeniería a los 14 años, luego Biología; que al graduarse de sus estudios escolares se haya anotado en la Universidad La Sapienza de Roma y fuera la primera mujer italiana graduada de doctora en Medicina. El título y un posterior estudio de Psiquiatría la autorizó como miembro de la Clínica Psiquiátrica Universitaria de Roma, pero no fue ese sino otro escalón más en un camino que no cesaría y la llevaría por otras disciplinas –Psicología, Antropología, Fiolosfía, Pedagogía– a buscar respuestas hasta encontrar su punto cero: la labor por la cual hoy la conocemos y el lugar donde se quedaría a enfocar todo aquel recorrido; donde encontraría el desafío integral para demostrar su aprendizaje de qué era lo verdaderamente importante, después de tanto viaje. Y halló que el juego, en los niños… ese era lugar.

Pero antes de focalizar es ese saber y su método –una sinergia entre el ser y el ambiente– y en su propia historia personal –bastante controversial– es interesante detenerse un momento a pensar dos cosas: la época y los títulos. La época explica el mundo exterior que ella encontró dado y sobre el que su obrar movió piezas fundamentales de la cultura, en una jugada de avanzada y que sería una evidencia necesaria de ser recordada en la educación escolar, un siglo más tarde. Los títulos no explican a María y esa es la clave. Fueron importantes no como consagraciones sino como herramientas complementarias; pistas de búsqueda de algo interior que se desarrollaría en esta chica a medida que su vida ocurría y que fuera forjando sus propias ideas, seguras y osadas, que restablecían principios elementales desde la observación de los niños y amenazaron llevarse puesto al universo intimidatorio, convulsivo, patriarcal y bélico del fin de siglo XIX y principios del siglo XX; ideas que fueron primero celebradas por Benito Mussolini y luego –una vez comprendidas– rechazadas rotundamente y que provocaron el exilio de María y, contrariamente a lo esperado, la expansión de su método. Pero eso viene después.

Antes del año 1900 María Montessori participó en tres congresos internacionales. Estos se conjugan justo con la vivencia fundamental de su vida personal. Los congresos estaban: uno referido a la educación de los discapacitados y dos referidos a las mujeres. En el medio de estos años se enraiza su historia más polémica. María participó en 1896 en un congreso feminista celebrado en Berlín. Dos años después, dio una conferencia en el Congreso Educacional de Turín sobre la enseñanza a los discapacitados. El Ministro de Educación quedó tan impresionado con sus argumentos que la nombró directora de la Scuola Ortofrénica, una institución dedicada al cuidado y la educación de los discapacitados.

En dicha escuela, su primer éxito fue conseguir que varios de sus alumnos de ocho años hicieran los exámenes estatales de alfabetismo. Los niños no sólo pasaron, sino que obtuvieron notas por encima de lo normal. Su fracaso fue enamorarse de Giussepe Montesano, un psiquiatra y profesor con el que trabajó. De la relación tuvieron un hijo. Pero Montesano no quiso ni continuar la relación con María ni que se sepa la historia del hijo. Entonces hicieron un pacto a cambio de que no trascendiera la historia: ninguno de los dos se casaría. Al poco tiempo, Giussepe contrajo matrimonio con otra mujer. Y María dejó al bebé al cuidado de una familia campesina, mientras seguía el desarrollo de su carrera profesional –renunciando al cargo que tenía en la Scuola y volviendo a la facultad. A estudiar, esta vez, Psicología y Filosofía– y lo visitaba cada tanto sin decirle nunca que ella era su madre.

Tal vez la fallida relación con Giussepe y ese dolor hayan profundizado sus ideas feministas. Y en 1900 participó en Londres de otro congreso feminista. Habló de las mujeres y de los niños, enfatizando las repercusiones que las condiciones de vida tienen sobre la sociedad. Suena a una ironía o a una doble moral.

    

Según cuenta su biógrafa, Rita Kramer en María Montessori, a biograph (1976) a partir de charlas que mantuvo con su hijo Mario,  fue su madre la que urdió esta trama del secreto y el abandono. Y es difícil entender –las mujeres que han artículos minuciosos sobre María Montessori se lo enjuician y encuentran en el hecho de la separación de su hijo la razón para poner en cuestión el método que desarrolló– la lógica de una mujer que abandona a su propio hijo para dedicarse a la educación y enseñanza de otros niños. Pero si se suspende un momento el juicio de valor que podría hacérsele, es posible matizar la mirada con tres cuestiones a su favor, tomando en consideración la historia completa, el cómo siguió.

Primero, es ciertamente probable que haya sido alguna referencia muy fuerte en la vida de María, ante esa situación inesperada del abandono del psiquiatra y el embarazo no asimilado, la que le reseñalizara el camino en ese tiempo incierto, recordándole lo que se esperaba de ella –del rol que debía desarrollar una mujer de clase alta, en la nueva etapa de la Italia nación–. En este sentido, la madre de María había sido un pilar importante dentro de su educación. Porque inclusive el secreto se mantuvo muchos años, muchísimos más que los que duró a los ojos del propio Mario… Durante toda la vida, públicamente, María presentó a su hijo como un sobrino y luego como un hijo adoptivo. Segundo, el propio Mario fue el primero en eximirla y decir lo que nadie decía. Cuando tenía quince años, en una de las visitas que María le hizo, le dijo: “sé que sos mi madre”. Desde entonces, Mario se fue a vivir con María y siempre estuvieron juntos, la apoyó y la ayudó a propagar su escuela de enseñanza. Mario se casó, tuvo cuatro niños y siguió a su lado en el trabajo de la Fundación Montessori. Fue quien más trabajó para propagarlo por el mundo, cuando su madre murió, en 1953. Tercero, y es una estimación personal: el desarrollo del método es un verdadero resultado de digerir y procesar informaciones disímiles, vivencias amargas, disciplinas no concordantes pero con la esperanza en lo mejor que tenga para dar cada ser humano, incluso a pesar de las discapacidades humanas. Y, por último, curiosamente… así a la distancia…. María también educó a su propio hijo en la escuela en la que fundó, desde el principio de considerar al niño un ser independiente, capaz de sus propias decisiones. En 1906 ella se hizo cargo durante el día de sesenta niños cuyos padres trabajaban todo el día. Entonces obtuvo una primera conclusión propia: que los niños son sus propios maestros y se construyen a sí mismos. Relevando sólo las evidencias saltan las contradicciones. Pero tal vez profundizando en ellas, las ideas y vivencias se integran.

Principio de juego

A medida de sus viajes de estudio y ponencias en congresos; de la lectura de otros referentes en pedagogía infantil como el suizo Johann Heinrich Pestalozzi y los franceses Jean Marc Gaspard Itard y Édouard Séguin… A medida de sus propios desarrollos en el campo de la Psicología experimental… fue reconociendo, desenvolviendo y desarrollando un método aplicable a todos los niños y que en un primer momento pensó como leyes generales de la educación de un niño.

En enero de 1907, el Instituto dei Beni Stabili de Roma la convocó a abrir la primera “Casa de los niños”. Era una escuela en un proyecto de viviendas subvencionadas en Roma. Esta casa se construyó como parte de la reurbanización de un barrio pobre con niños en riesgo social. El objetivo allí era crear un ambiente favorable para que los niños vivieran y aprendieran. Lo más importante era la autodeterminación y los logros personales. Ella basó sus ideas en el respeto hacia los niños y en su impresionante capacidad de aprender. Los consideraba como la esperanza de la humanidad, por lo que dándoles la oportunidad de utilizar la libertad a partir de los primeros años de desarrollo, el niño llegaría a ser un adulto con capacidad de hacer frente a los problemas de la vida, incluyendo los más grandes de todos, la guerra y la paz.

    

Esto suponía desarrollar el interés por los demás y la disciplina, para lo que los niños realizaban ejercicios de la vida práctica desde los cuales iban haciendo un desarrollo paulatino de sus propias capacidades, desde las cuales podían crear sus propios desafíos y  juzgar su propio avance, considerando que el niño necesitaba estímulos y libertad para aprender.

Con este propósito y cuatro principios –la mente absorbente de los niños, los períodos sensibles, el ambiente preparado y el rol del adulto– María desarrolló su programa Montessori.

Fue central la descentralización de la maestra, que cedía el rol protagónico para ocupar el lugar de cuidadora del medio ambiente. Mientras que los niños realizaban sus actividades, la tarea de la maestra era la de observar e intervenir si es que ellos se lo solicitaban. La maestra, el maestro era la guía y la organizadora del espacio para que los niños vislumbraran sus propios desafíos y debía trabajar con su interior, su persona y amar su trabajo, para luego abordar la metodología.

Del mismo modo, fue clave la selección y creación del material didáctico ofrecido a los niños. No eran pasatiempos sino fuente de información. Formas geométricas, aros, palos, lápices, pinceles y pinturas de varios colores, que iban haciendo que el aprendizaje fuera ameno, casi como un juego. Todos los materiales didácticos tenían en distinto grado de elaboración y complejidad en cuatro valores: funcional, experimental, de estructuración y de relación. Desde esos conocimientos se compartía, dialogaba y se aprendían nociones más abstractas como la ética, la moral, la cultura. Montessori consideraba que la mente de los niños posee una capacidad maravillosa y única: la capacidad de adquirir conocimientos absorbiendo con su vida síquica. Lo aprenden todo inconscientemente, pasando poco a poco del inconsciente a la conciencia, avanzando por un sendero en que todo es alegría y que el saber entraba en su cabeza desde lo experiencial; por el simple hecho de vivir. Por medio del juego, el niño observa e investiga todo en su entorno de una manera libre y espontánea. Los pequeños van relacionando sus conocimientos y experiencias previas con otras nuevas, realizando procesos de aprendizaje individuales fundamentales para su crecimiento.

    

Benito Mussolinni se interesó por su filosofía y logró generar en su entorno la buena aceptación de Montessori por el régimen político del país. La distinguió miembro honorario pero ella acusó públicamente al fascismo de “formar a la juventud según sus moldes brutales” y de convertirlos en “pequeños soldados”. Mussolini comprendió entonces el sentido verdadero de la educación de Montessori: aunque el orden era parte de la esencia era un medio para lograr el objetivo de fondo, que se trataba de una fe en la libertad del hombre. Causó tanta molestia su reproche que María tuvo que exiliarse en España pero la Guerra Civil del ’36 la corrió nuevamente a Inglaterra y después a la India donde vivió hasta 1947 cuando se mudó con su hijo a Holanda y funcionaba la cede de AMI (Asociación Montessori International). Allí murió el 6 de mayo de 1952. Cuando se le preguntaba por su vocación ella aseguraba que sin el amparo de Renilde Stoppani, su madre, una defensora de la liberación italiana, no hubiera rebasado nunca el círculo burgués y católico en el que vivía ni hubiera creado un modo de educar para la libertad.

Tras su muerte, su hijo continuó hasta su propia muerte –treinta años más tarde, en 1981– a cargo de la institución y la propagación de dicha escuela de enseñanza. Actualmente, escuelas de todo el mundo llevan su nombre y siguen su método “educar por la paz”. Aunque es una filosofía de enseñanza cuestionada como elitista, tiene principios que sería necesario aplicar teniendo una mirada de la educación mucho más flexible y mucho mejor direccionada de la que conocemos.

Dos experiencias constructivas

El colegio Montessori Luján se sitúa en una zona rural al noroeste del acceso oeste de la autopista; al noroeste también del río y la ciudad de Luján, situada a 68 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires. Fue proyectado y dirigido, en el año 2015, por los arquitectos Claudio Vekstein y Marcelo Barreiro. Consiste en un programa de 2.300 metros cuadrados en una superficie total de terreno de 15.000 metros cuadrados.

    

Los arquitectos dicen que el especial y complejo desafío de proyectar una Escuela Montessori a nuevo –y no reformulando una casa o serie de casas como la fundadora del método aconsejaba— que es, al mismo tiempo, la primera escuela de su tipo en Argentina se vio aliviado por la extensa cantidad de material escrito y evidencias que dejaron primero la fundadora y más tarde las generaciones de pedagogos, educadores, académicos, investigadores a los que formó. Y, en ese sentido, tal proyecto se vio influenciado, entre otras ideas, por la Escuela Primaria Montessori en Delft, Holanda, creada por un arquitecto holandés Herman Hertzberger entre 1960 y 1966 y quien describió el método Montessori como una “pedagogía del espacio”. De las tantas interpretaciones que surgen de esta frase, en la que refiere a Arquitectura, los arquitectos se ajustaron a una concepción del espacio como ambiente natural o soporte que el niño que, ávido de conocimiento de su nacimiento y capaz de iniciar el proceso de aprendizaje desde un soporte, absorbe. Es razonablemente un especial desafío, sabiendo cómo los niños miran y cómo ven… Digamos con la capacidad de los reveladores fotográficos: haciendo que todas las imágenes latentes en la placa se vuelvan  color, se vuelvan visibles.

En este caso pensaron en un programa para que la escuela funcione en dos niveles básicos: el de la comunidad escolar –para ello fue pautado un hall lineal compartido en el corazón de la escuela como algo análogo a una calle pública- y el del individuo y la clase, que están asociados al aula –cada aula fue diseñada en forma de L como una una casa en sí misma: unidad completa con diferentes zonas y equipamientos que se abre a un espacio central, la calle central. Aquí es donde todas las actividades se llevan a cabo entre estudiantes de diferentes edades, interrumpiendo la unidad de las aulas-grupos, que son meramente niños de edad similar. El espacio explota la variedad infinita de relaciones de niño a niño, de niño a trabajo y el niño al maestro. Como resultado, el sistema se caracteriza por muchas actividades diferentes que ocurren simultáneamente. Pero además, el aula en L quita el énfasis de las relaciones jerárquicas fijas entre maestros y estudiantes mediante el establecimiento de dos zonas distintas para diferentes tipos de actividades y la interacción; un espacio más diáfano y con ventanas altas para propiciar el trabajo más arduo, que requiere más concentración como el de matemática y otro espacio con mesadas integradas, asientos con respaldo en ventana, almacenado y estantes de exhibición para habitación y apropiación del espacio.

La forma general del proyecto, de curvas pronunciadas, está materialmente construida en estructura de hormigón colado in situ compuesta por columnas divididas y vigas inclinadas que forman pórticos lineales planos con arrostramiento perimetral de vigas delgadas de hormigón. Techos livianos metálicos en la parte superior, con cielorrasos de madera contrachapada, mientras que los pisos son de hormigón de color expuestos y pulidos, con insertos de pisos de goma de color y de madera. Para la fachada sur sombreada y húmeda, se selección una carpintería integral de aluminio, paneles de vidrio para un carácter contemporáneo y abierto hacia la comunidad, con los colores de la Escuela y las etapas de desarrollo correspondientes identificados por Montessori para cada una. Para la fachada norte, de los estudiantes, más cálida y expuesta al sol, se diseñaron muros de mampostería más tradicional que modelan diferentes patrones de ladrillos de cerámica, de colores y vitrificados, para proporcionar una escala artesanal, terrosa y táctil. Y esos muros fueron salpicados con puertas y ventanas bajas de madera y aluminio acopladas.

   

La otra experiencia es la desarrollada en Mazatlán –una ciudad mexicana en la costa del Pacífico- que mantiene un clima húmedo y temperaturas altas gran parte del año y que por esto invita a pensar una arquitectura que haga frente al clima y considere el alto grado de salinidad del sitio. El proyecto del Colegio Montessori Mazatlán fue creado, desarrollado y construido durante 2016 por colaboración entre los estudios Macías Peredo y EPA arquitectos y se localiza en un terreno con un solo frente hacia la ciudad. Para el mismo se pensó en un paisaje controlado hacia el interior como una especie de aldea que en su mayor parte se desarrolla intramuros, hacia sus propios patios.

Consiste en un sistema de 19 módulos de planta hexagonal, construidos en tabique hueco, que contienen las aulas. Éstas se contraen al interior para generar un pasillo perimetral porticado que promueve el aislamiento térmico, resguarda las condiciones normales de presión atmosférica y provoca una circulación y un espacio para actividades semiabiertas. Las aulas favorecer dinámicas donde los niños puedan experimentar y despertar sus sentidos. Por eso la forma de éstas no es lineal sino centrifuga. El programa de módulos independientes se definió pensando en el reto de que pudiera construirse ágilmente en etapas debiendo ser concluidos los primeros 1100 metros cuadrados en un máximo de 4 meses y los últimos 1000 metros en los siguientes meses.

Magui Peredo –socia en el estudio Macías Peredo– cuenta que desde pequeña le gustaba trabajar con las manos. Un tío le sugirió que estudiara arquitectura y la profesión la cautivó entiende que responde a un tejido de condiciones y circunstancias que la hacen única; un hecho cultural temporal y espacial. Y si bien estas distinciones no las hace para discernir géneros en la profesión –porque entiende que talento y sensibilidad no reconocen género- sí cree que los intereses, la personalidad y el temperamento de un arquitecto(a) están íntimamente ligados a su manera de ver la arquitectura y de abordar un proyecto. Y, en ese sentido, sí hay ciertos temperamentos que pueden ser más afines entre arquitectas: “Puede ser que lo que sí representa un reto para las arquitectas es combinar la vida personal con la profesional…Ser mamá es una decisión de vida y en mi caso intento equilibrar mi actividad profesional con la vida en familia. La gran ventaja es que para la reflexión y las ideas no hay horario, no hay oficina, ni se requiere ninguna herramienta especial. A veces un momento de claridad puede venir caminando entre la casa y la oficina, o inesperadamente jugando con mi hija”. Y, entonces, tal vez el juego… el simple permiso y la simple condición de crear, de pensar, la posibilidad de absorber las reglas naturalmente y haciendo otra cosa, el hecho de sortear los obstáculos y desarrollar los propios caminos de búsqueda hasta lograr los propios desafíos, sea realmente la gran herramienta de cambio. Y no haya mucho más que aprender ni mucho más que olvidar.