La magia elemental

La magia elemental

Esta es la crónica de un teatro en Mar del Plata y de sus creadores. Y de cómo estos cuatro elementos del teatro -Freddy Virgolini, José Luis Britos, Rosi Álvarez y Pablo Marchini- encontraron un lugar común para darle vida a tantas otras formas más ricas y complejas del arte.

    

El fin de las herencias

Eran las 7 am de un lunes de octubre de 1980. Algunos de los camiones proveedores con la trompa redonda y el logo de Mercedes ya habían estacionado en doble fila por calle México al 2400, frente al supermercado Virgolini. Otros, en cambio, hacían ruido ronco de punto muerto y de mala espera. En cualquier caso, los conductores estaban impacientes. El furioso había tocado timbre cuatro veces. Otro, con mayor empatía, la puerta del cambión abierta, charlaba con alguien que apoyaba el codo sobre el tapizado del asiento: “no sé qué le habrá pasado al pibe…”. El decidido había logrado su objetivo: dejaría la mercadería y seguiría su día y rumbo al sur. Por aquellos años, salían los camiones cargados del gran supermercado, algunos a distribuir mercaderías en la zona urbana y otros, a llevar productos a provedurías del sur… El administrativo encargado de abrir la persiana no daba señales de existencia.
“This is the end…My only friend, the end”. A Arnaldo Virgolini lo antecedía la furia cuando entró a su supermercado, levantó la persiana y escuchó que la puerta también hizo un quejido metálico… Y atravesando los galpones de acopio sólo sonó la marcha de sus zapatos bien lustrados número 43… hasta el fin. En el patio, al sol de primavera y a algunos metros del suelo, echado sobre los sacos de yerbas apilados en forma de escalera caracol cuadrada Freddy dormía. “Of our elaborate plans, the end…” Y sin que mediara la mínima sospecha de la sorpresa que le aguardaba ni ninguna meditación lo asistiera, tomó un balde con agua fría y se lo lanzó a la cara.

  • ¡¿Qué carajo estás haciendo?!- le preguntó a los gritos su padre. “No safety or surprise, the end…”

Tantos años más tarde, nadie recuerda cómo el balde y el agua aparecieron en su mano y llegaron hasta allá arriba ni quién tiró la primera bomba ni cómo ni dónde cayó. Pero sí recuerdan haber visto al fuego crecer… Que el fuego se hizo más fuego… Y se extendió a lo largo y a lo ancho del territorio, como en la selva vietnamita. Y también recuerdan todo el mucho tiempo que ardió…Freddy se levantó y limpió la cara. El padre lo hizo sin sospechar que con el agua el otro fuego acababa de despertarse… “This is the end. My only friend, the end”.
Hacía dos años, Freddy, su hijo mayor y el heredero natural de sus empresas, se dedicaba a estudiar Teatro en tiempos robados al sueño, entre los tiempos de la carrera de Ciencias Económicas que llevaba de mala gana y un trabajo mal recompensado en la empresa que heredaría.
Ya estaba despierto. Ahora sólo necesitaba decir la verdad y dormir. Dejaría la carrera, ese trabajo, su casa natal, la ciudad. No recibiría esa herencia. No quería esa vida de empresario. No le serían propias las propiedades ajenas. Se dedicaría al teatro. Ya no había más margen contra la cuerda.
Y aunque la escena haya sido digna de un set de filmación… lo único realmente existente era el fuego, que se expandiría de todos modos porque en su esencia había una declaración no convencional de amor propio. “Y para escapar de tu sueño, lo que yo hago es subirme en un fuego que pase. Veo mi elemento, veo en el silencio…” escribió el Flaco Spinetta. El padre de Freddy no tuvo ni el  tiempo ni el don, entre responsabilidades, ocupaciones, negocios y balances de ver o escuchar el origen de aquello que ardía.

La asunción de este camino para José Luis Britos fue menos drástica y violenta. Le llevó más años, una carrera de arquitectura terminada y la recapitulación de las vocaciones no desarrolladas de gran parte de su árbol genealógico. “Todos, de alguna manera, eran artistas. Por fuera del trabajo que desarrollaban o adentro de sus casas; en forma de hobby o de modo amateur. Mi abuelo era director de orquesta; tengo tíos pianistas, cantantes líricos, muralistas y que han formado espacios artísticos y culturales en pueblos donde vivían… Y yo sentí que debía darle lugar a ese llamado de una vocación artística pero de un modo más consciente y decididamente profesional”. Subir, desde sus raíces. Hacer que ese árbol florezca.

    

“Había hecho teatro en la escuela, la Piloto nº1 –que obtuvo su nombre porque fue una de las escuelas que desarrolló un plan de educación que se estaba probando y de ahí su nombre-  que para mí fue un refugio y un lugar de identidad, en años difíciles y convulsionados, porque yo hice mi escuela primaria y segundaria entre el 70 y el 82… Y en los años de secundario, en plena dictadura, esa escuela tuvo la apertura de implementar por la mañana las asignaturas clásicas y por la tarde nuevos talleres de disciplinas distintas: teatro, coro, deportes y hasta una taller que se llamaba familia y escuela. Yo elegí teatro y tuve una experiencia fabulosa; eran cuatro profesoras que lo desarrollaban; una de ellas con una mirada mucho más abierta orientada hacia la expresión corporal que a un teatro anclado de un texto o producto de un guión o libro y apoyado en la representación. Fue un hallazgo maravilloso de esos años pero, después, no había manera de hacer algo que no fuera una carrera universitaria clásica”.  Su madre era profesora de Matemática; su padre era periodista gráfico y José Luis encontró en Arquitectura un punto intermedio entre dos modos de pensamiento y acercamiento a la realidad. “Pero dejé en el tintero una vocación, como lo habían hecho todos en mi familia… Así que en algún momento, trabajando ya de arquitecto, decidí tomarme seriamente el deseo de hacer la carrera de actor y formarme con Freddy en su primer espacio de enseñanza allá por el año 89”.

Ese año fue el de la primera camada de la escuela de actores que Freddy había emplazado en su casa familiar, cuando las empresas de su padre se venían a pique, él estaba sólo, tapado de deudas, enfermo y su hermano no sabía timonear aquel barco. Freddy, entonces, salió de la escena de teatro en Capital Federal donde estaba comenzando a consagrarse, después de un recorrido por la escuela de actores de Agustín Alezzo, el IUNA, en los tiempos de la reapertura democrática, del café Einstein, Los Macocos, de expansión del Odin teatret por el mundo como base de la Escuela Internacional de Antropología Teatral y regresó a su casa. Hizo un pacto inapelable con su padre. Salvó la casa, pagó las deudas, lo cuidó y el living de la confortable propiedad de la zona residencial de Los Troncos se convirtió en una escena abierta.

De esa primer camada surgió el contacto entre Freddy y Rosi Álvarez, una actriz a la que no le gusta dar declaraciones a la prensa; que es abogada pero nunca ha ejercido por dedicarse a fluir con lo que ama de verdad: el teatro, la actuación, la música en el piano.
Y en esos dos años bisagra en la vida de los hermanos Virgolini, una noche, por el bar Bernardino que el hermano de Freddy tenía en calle Rivadavia, apareció Pablo Marchini, con uno de sus tantos espectáculos callejeros. El hermano de Freddy le prestó luz que alumbró la calle atestada de transeúntes y, más tarde, en una charla de altas horas, Pablo se unió al grupo que estudiaba teatro con Freddy en su casa.

      

Unos pocos años más tarde, Freddy, José Luis, Rosi y Pablo coincidirían en armar un primer plan conjunto, que se llamó Escena Abierta; desocuparon el living de la casa de Freddy -también vacía por la muerte del padre- y encontraron un lugar al que llamaron Escuela de Actores, en Matheu y Tucumán. En ese tiempo, algunos viajaron… Pablo se fue dos años por distintos países europeos: Francia, Holanda, Bélgica, Inglaterra, Rusia… haciendo temporadas cortas de espectáculos que, por momentos se superponían y llegaron a ser 5 simultáneos; en otros casos no fueron lo que él esperaba o fue a buscar y quedaron truncos; también incluyeron la participación con una compañía en el festival de Edimburgo –el festival más importante de teatro de calle en el mundo- y fue, esencialmente, un tiempo de búsqueda personal que incluyó momentos de vagabundeo. Rosi fue durante dos meses a estudiar teatro a Suiza, se fascinó en Lugano con el Teatro della Radicchi –teatro de las raíces- de una cordobesa del libre teatro libre que debió exiliarse en Suiza durante el Cordobazo… Y, al volver, incentivó a Freddy a que se fuera a estudiar allí, a conocerlas. Y entonces… Freddy se fue… mientras en el país ocurría el 2001. Y José Luis se quedó aquí, en Mar del Plata, sosteniendo ese espacio de formación.

La tierra no se fue a ningún lado. La tierra se mantuvo allí firme, mientras el tiempo pasaba y los demás hacían sus gracias: buscaban volaban por el aire y su lugar en el aire, fluían con el momento o iban a chequear si al soplar pudiera ser que los Alpes prendieran fuego. Hasta que, más tarde o más temprano, todos estuvieron de vuelta aquí. Fue alrededor del 2010. Y necesitaban su propio lugar. Dos años después de una intensa e infructífera búsqueda apareció el lugar: una propiedad que había sido de un médico clínico al que iba Rosi. De pronto, recordó que, en la sala de espera -mientras los pacientes se aburrían o tosían- ella fantaseaba que eso era una sala de teatro…

Cuatro elementos

El teatro cuatro elementos se encuentra ubicado en Alberti entre Santiago del Estero y Santa Fe, en una propiedad de los años 70, que fue –en sus comienzos- residencia y consultorio de un médico; una vivienda unifamiliar de 225 m2 que se transformó, en el curso de 2012, en la sede de este espacio cultural multifunción que es a la vez un teatro de cuatro salas; un espacio de formación de actores, un bar, una galería para exposiciones y un sitio donde se desarrollan otros cursos como música para niños; baile y expresión corporal.

El espacio de formación de actores, explica Freddy, dura cuatro años y en verdad… es un espacio que, conceptualmente, busca formar artistas; gente que se conozca a sí misma… que reconozcan sus impulsos naturales, qué tienen para dar, para sacar de sí; un lugar donde se invetiga, se explora el cuerpo para desde allí pulsar todo lo constructivo. “Un lugar de exploradores, creadores, descubrimientos. Un espacio de confrontación, de dudas, de reflexión, de movimiento. Un lugar de conceptualizaciones que son resultado de vivencias; un lugar de encuentro con el público desde este entendimiento de que sin la construcción que también se hace en esa instancia, el teatro no se puede”.

El teatro tiene cuatro salas distintas, que posibilitan diversos desarrollos de obras, en opciones que van desde la sala de teatro clásico hasta un espacio zen, en el segundo pìso, pintado de negro y con luz natural que desafía a motivar invenciones y direcciones pensadas para el lugar. Cada sala representa un elemento y cada integrante del equipo está relacionado por algún motivo a algún elemento en particular. La recién mencionada es la sala aire y no dudan en asignársela a Pablo Marchini, por una  similitud en la volatilidad entre este actor venido del mundo del clown, el mimo, el circo y la danza y ese elemento. El fuego es el salón central; el que da origen a todo; inicio y acceso a las demás y es el elemento de Freddy, el maestro y guía de este emprendimiento. José es el elemento tierra: el que transita sin soltar, sostiene y construye, sin despegar los pies del suelo. Y Rosi es el agua, por un reconocimiento y asociación natural que hacen entre el agua y la mujer.

Desde su apertura hasta hoy han pasado por sus salas alrededor de 160 obras, que han incluido distintas miradas del teatro; espectáculos unipersonales, colectivos, obras creadas por alumnos en conjunto con sus docentes y directores. Al cierre de una de ellas, aún en cartel “El mundo ha vivido equivocado”, basada en el cuento del genial Fontanarrosa e interpretada maravillosamente por Pablo y Freddy que se lleva aplausos de pie, es Pablo quien agradece y cierra: “si les gustó recomiéndenla a sus amigos; si no les gustó, recomiéndensela a sus enemigos… Pero vean y ayuden a que se vea, se difunda la producción de teatro marplatense, que tiene años, que tiene formación, que tiene creaciones, interpretaciones, direcciones y puestas que hablan de un momento absolutamente fructífero de lo que estamos haciendo, de resultados en un camino de apuesta; del nivel que tienen estas obras por las cuales ya no hace falta pensar sólo en Buenos Aires para ver teatro o espera la temporada o irse fuera del país. Hay una gran oferta de obras buenas en esta ciudad”.

  • ¿Por qué?
  • Porque es un poco lo que nos pasa siempre… ¿no? Ser argentinos y, en particular, ser marplatenses tiene eso como de estar mirando afuera, queriendo cosas de afuera sin detenerte a reconocer tus propios talentos y dones, cuando tenés el regalo de lo que está, de lo que sos, de lo que sabés y podés hacer con tu creatividad, con tu expresión- dice, Pablo, resumiendo a esta altura disciplinas, trayectorias y llegando a lo elemental: que cualquier hecho artístico bueno que haga el ser es un camino de adentro hacia afuera.

La vida es un soplo

El primer momento o episodio teatral que recuerdan fue, también, el momento/el lugar en que decidieron ser de ahí, aunque esas decisiones u elecciones tuvieran que esperar su momento para madurar y ser.
José Luis recuerda todavía estar sentado en la Sala Piazzola del Teatro Auditorium junto a su madre, viendo una obra llamada Los Juglares. Tendría ocho años. La sala estaba a oscuras, en silencio y allí adelantes se desarrollaba un universo lleno de color y movimiento. Desde su butaca, gritó: “¡qué bárbaro!”. La reverberación poderosa le trajo la primera noción de lo que el teatro es: el entre. Y no lo que hacen los actores. Ese espacio a oscuras entre la representación y el público, donde se desarrolla lo mágico. O, para decirlo de un modo más parecido a como piensa un arquitecto: la línea infinita que puede trazarse entre dos puntos cuando nada se cruza en el medio.

  

Los padres de Freddy se habían ido una semana de vacaciones llevando con ellos a su hermano menor. Esa semana o diez días que él vivió en el departamento de su abuela, en Luro y Santa Fe, fueron un aburrimiento y un tiempo de cierta tristeza; una percepción de abandono que motivó un proceso de introspección profunda, con un chico de diez años que no encontraba en esa casa otro atractivo que el olor de un bar escondido, cerrado, en un mueble gigante y donde se guardaban licores y chocolates… Y un atardecer, con los brazos cruzados sobre el margen del balcón, vio la fila de gente que aguardaba para entrar al teatro que quedaba al lado de aquel edificio y del Hotel Dadá. Pensó un rato; pidió permiso a su abuela para ir a dar una vuelta a la manzana y antes de subir nuevamente se coló en el teatro.

Freddy es ágil, atlético, alto, escurridizo y a los diez años lo sería mucho más; alguien que sabe poner la mirada en el lugar al que va y no parece necesitar mucho más que eso para avanzar, aunque a veces haya obstáculos que lo demoren un poco… Sin embargo, ese día llegó hasta la sala, se escondió detrás de un cortinado y desde allí vio a Miguel Ángel Sola haciendo Equus. “Yo quiero ser como ese hombre que está ahí”, decretó.

Ese hombre que estaba ahí era, además del gran actor argentino, uno de los personajes protagonistas de la obra Equus (1973) del inglés Peter Shaffer: el psiquiatra Martin Dysart, que encomendado a curar la patología sexual y devocional de un joven envuelto en un misterioso asunto de cegar caballos en un establo… ahondando en la crianza y las motivaciones que llevaron al joven Alan a incurrir en ese episodio, se siente profundamente compadecido ante él y resuelve, a lo largo de la obra, que no lo curaría realmente haciendo la tarea que se le encomienda; que no haría de él un hombre más sano y mejor poniéndolo a funcionar en el sistema restrictivo y enajenante como un ferviente esposo y un ciudadano respetable y decidiendo, entonces, darle un placebo para acallar a la gilada y compartir ese sentir; tratar con compasión esa verdad y liberar al ser del padecer y de la culpa.

¿Cuánto tiempo habrá tardado Freddy en descubrir la profundidad de esa percepción que tuvo aquel día, a sus diez años, mirando escondido y de improviso, el mundo que ante él se desplegaba? ¿Cuándo habrá descubierto el punto en común que tenía con aquel personaje y cuánto en acercarse a ese hombre que él quería ser entonces? Por lo pronto, en convertirse en un actor, tardó algo de diez años.

Esos diez años que comenzaron aquellos días de epifanía y soledad estuvieron definidos por algunos sucesos que hicieron a su estructura, a su carencia y a su encuentro con el teatro, primero, como una salvación; luego, como la creación de un mundo nuevo. En esos diez años su madre y su abuela murieron sorpresivamente en un accidente automovilístico. Su padre contrató a una institutriz alemana para que se hiciera cargo de la crianza de sus hijos, mientras se escapaba al trabajo y a proyectar sus anhelos sobre un hijo mayor que no era quien él creía. Y mientras su tío le enseñaba boxeo y Freddy asistía al Instituto Don Orione, un colegio católico donde se formaron generaciones de hombres marplatenses, cuando todavía era un nicho de varones, se erigía su universo. “Mi universo, todo ese tiempo, fue absolutamente masculino”.

“Yo me crié con mi mamá sola. Mi padre estuvo ausente desde mi primer año de vida. Mi madre era pedagoga; yo creo que he sido un niño que ya nació estimulado. El primer regalo que recibí, que ella me regaló fue un payaso. No sé si esto sea un episodio. Tal vez esto –la docencia, el payaso, el mimo, el teatro, la pedagogía- nacieron conmigo. Claramente, tuve muchas confrontaciones institucionales. Yo también iba a la Piloto con José Luis, pero no terminé ahí. Me costó siempre encajar. El primer día de primer grado lo recuerdo perfectamente. Los niños entraban llorando y con dificultad para despegarse de los padres. Yo entré feliz. Todos salieron bien: o resignados o contentos porque se iban y volvían a sus casas. Yo salí llorando. Le dije a mi mamá que me habían hecho pintar un elefante sólo por dentro, de color amarillo. No me dejaban crear mi elefante ni pintarlo del color que me gustaba. Me llevó años y problemas entender qué era lo bueno de la incomodidad natural; de la necesidad de no ser obligado, encasillado, de cuajar en el sistema. Hoy, a esta altura, lo sé, lo celebro. Es lo que valoran de mí mis alumnos cuando doy clase… Que sé que no tengo nada para enseñarles pensando que yo ya lo sé. Yo enseño a hacer clown pero no sé tirar más que tres pelotas a la vez. Un alumno quería tirar cinco y me pedí ayuda… Yo no lo sé… Me quedo acá y te miro a ver cómo lo hacés… cómo lo aprendes. Ese fue siempre mi reproche a lo institucional. Que no comparten preguntas con los alumnos, que no dejan hacer y crear según cada cual sabe, que no aprenden con ellos. Y que a pesar de haber pensado siempre esto, hoy sea profesor en tres cátedras de la Escuela Municipal de Arte Dramátigo es… en parte una confirmación de esa idea que tuve siempre del sentido común de lo pedagógico y que la idea que tengo del artista… como alguien que sólo tiene que dejarse ver para que el otro desde su mirada pueda compatir y entender en función de la realidad compartida… bueno… no estaba tan mal… ”.

Por pensamientos así Pablo Marchini es el aire… Por oxigenar todo. Por acompañar el vuelo. Por expandir la conciencia. “Hasta el momento de jugar está pautado. Es la infancia del jardín de infantes. Luego no. Hay que aprender lo que dicen. Los vínculos son catastróficos porque es el lugar donde no nos dejan experimentar más. Están sostenidos por el temor. No es un lugar donde se pueda jugar, explorar, conocer, descubrir de uno mismo y del otro. En las relaciones de pareja esto es bien evidente. No debe haber relación más tabulada… Se espera que todo sea de un mismo modo para todos; estable, siempre. Como si las dos personas que se conocen en un momento pudieran quedarse detenidas. Desde mi innata incapacidad de estructurarme o rigidizarme y que me costó muchos años de terapia conocer, asumir, valorar es desde donde siento que saco lo que mejor puedo brindarle a los demás. A los amigos, a los alumnos, a las parejas, a las personas: aire”.

Mientras lo escucho… pienso en el arquitecto brasilero Oscar Niemayer. Niemayer decía: la vida es un soplo. Él vivió 103 años. Hizo centenares de obras humanas en su disciplina: la arquitectura, la cultura material; en su destilado: un montón de pensamientos inspiradores y en su tránsito humano. Se divirtió como un niño siempre. Jugó. Estuvo presente en cada soplo.
El soplo de aire de cada momento hace al otro. Al otro momento, al otro ser.
El control de cómo de la forma que tenga, de para qué sirve, de cuánto durará es sólo temor y agita ese soplo.
El soplo es soltar.