Odisea por la Tierra y sus alrededores

Odisea por la Tierra y sus alrededores

Mariano Larralde, creador de Sumatra, Vagamundos, Club de Exploradores y Supernova Producciones es diseñador, fotógrafo, cocinero, dj y un aventurero incansable. Y este relato es apenas un tramo del su camino por el universo

    

En realidad ya con salir de la calle, del tránsito, el mundo, las coordenadas reales de tiempo y espacio, un martes invernal por la mañana, alcanza. Alcanza haber creado este lugar y este momento inicial contra la agenda, dejando al viento correr sobre calle Rivadavia rumbo al mar y entrar al abrigo de un local de ropa –un local que en el recuerdo ha sido de tantas marcas…  y ahora está pintado de negro, con percheros livianos de prendas esenciales, outdoors, simples, clásicas y masculinas donde todo se resume al corte y la textura, entre fotografías de aullidos, sonidos y silencios como frames del universo- llamado Sumatra. Alcanza y sobra. Sin embargo, llevan vueltas en el tiempo: la tranquilidad, la escritura, el reencuentro, el discernimiento conjunto de un proyecto basal y la creación compartida, consecuencias de ese saber…

Ese martes, Mariano Larralde baja por la escalera del fondo del local, se presenta en un saludo cálido y breve. Es alto, correcto, ha aprendido a disimular gentilmente cierto mutismo natural. Hay una sensación mutua de empatía y de una afinidad tácita entre dos que están a la búsqueda de lo hermoso y misterioso de la humanidad. Subimos.
Al final de la escalera todo está perfecto. El living está limpio, ordenado y hay equilibrio: sillones negros sobre una alfombra antigua y colgando de una de las paredes, una gigantografía de un volcán en erupción. Pero Mariano está levemente inquieto; chequeando posibles detalles en desorden, un poco inentendiblemente preocupado por la temperatura del ambiente que está aislado y cálido como una burbuja… No hay demasiadas estrofas certeras para convencerlo de que no falta algo y de que está todo bien así… Y tampoco se me ocurre la frase justa con el fin de disuadirlo para que deje de abrazar ese calefactor rodante donde cree está el punto de algo… Porque solo él sabe exactamente qué es lo que le pasa con el clima y qué es lo que en ello está buscando…

De pronto, su propia convicción lo frena. En el silencio subsiguiente que dura un momento permanece de pie… Yo estoy sentada esperando… Me mira decidiendo algo sobre la confianza. Tengo la instantánea impresión de un lobo: la mirada fija, la inhalación profunda; el olfato como puente a una seguridad necesaria e íntima y a una primera comprensión abreviada del todo… Cuando su instinto le envía señales, se aquieta y exhala. Se sienta en el sillón de enfrente… en paz, debajo del volcán gigante en erupción.

    

El tiempo hará de las charlas interrumpidas, los días de otras cosas, las fotos maravillosas, las prendas, las marcas -como variantes o modalidades de la identidad- las percepciones, una misma cosa… Hay un perfume del infinito en cada fragmento testigo, aunque todo aparezca aislado, roto, impreciso, desordenado. Por entonces, si ya lo sé no lo recuerdo y si lo sabe él, no me ayudan sus palabras. Sólo está claro eso en sus imágenes… Y, también, en las que a mí se me presentan, aunque no sepa hacer uso de una técnica precisa para revelarlas, ni para reproducirlas ni para preguntar. La primera curiosidad que tengo al ver sus fotos ya es insondable: ¿cómo se encuentra con eso del mundo? ¿Dónde, cómo, a qué distancia, en qué momento? ¿Qué diálogo lo facilita? ¿A cuánto tiempo de estar perdido en él o en los otros? ¿Por qué caminos no trazados avanza hasta ahí? ¿Qué pacto hicieron él, la técnica y la naturaleza para que esos instantes ocurran? ¿Cuál es su momento de revelación en el viaje? ¿La búsqueda, el encuentro? ¿El avistaje? ¿El reconocimiento de la propia forma de mirar? ¿La entrega al mundo de eso que vio? ¿O algo que no está en ningún momento específico? ¿Qué le indica el tiempo de volver a casa?

Entre el vidrio y la tapa de madera de la cómoda de los setenta que había en el dormitorio de sus padres, Mariano recuerda la primera colección de fotos que tuvo. “Éramos nosotros, en casi todas… Mis hermanos y yo en fotos alegres, que habían tomado nuestros padres, en fiestas de cumpleaños o jugando en el jardín de casa, en el campo. Fotos en cartings; en caballos o jugando al fútbol…”. Unas fotos que venían antes: analógicas y reveladas en tono mate, con los márgenes curvos. Y el sol les había gastado un poco el color, generando filtros caprichosos y naturales…

El espacio ha estado siempre incidiendo en el mundo Mariano. Desde el día de febrero de 1976 en que nació. Al borde del día siguiente, a las 23.50 hs, en el campo: Rauch.  Y es el mayor de tres hermanos varones –él, Valentín y Román- que le siguieron los pasos cuando su plan fue cambiar el campo por el mar buscando nuevos desafíos. A los dieciocho años, se mudó de Rauch a Mar del Plata; se anotó en la carrera de Diseño Industrial en la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño y cuando sus hermanos llegaron a la ciudad, alquilaron una casa que estaba sobre calle Quintana casi Alem, a cuadras de Playa Grande y que había construido un arquitecto dueño de un bar… La casa tenía esa impronta distinta a una casa de familia: en el jardín había barras y allí ocurrieron las primeras reuniones de amigos, las noches de ver películas y ver estrellas, cocinar y poner música, en una versión amateur del universo que ha construido: sus marcas, sus identidades y sus experiencias.

    

Ahora, veinte años después, Mariano hace con soltura millones de cosas, en estos cuatro universos nombrados, desde dones que integra a cada uno de estos. Él sintentiza el valor agregado que le imprime con su producción a la materia desde el concepto de branding. Pero hay algo que dicho así suena demasiado extrovertido, foráneo y superficial, cuando no lo es. Branding es pensar para la ganancia y para el afuera. Y entiendo que toda esa creación si no viniera desde muy adentro o motivada por una íntima fe no llegaría a tener ese resultado o esa forma. Las claves ocultas que se traslucen en formas particulares de diseño, fotografía, viajes y entidades comerciables, navegan en otras profundidades y se vinculan a una búsqueda incansable a lo ancho del planeta y a lo largo del ser; a la necesidad de imprimir un rastro propio en un legado; a cierta voluntad de conducir a los seres humanos hacia la espiritualidad; a una silenciosa complicidad con la naturaleza y a cierta devoción por el amor, los paisajes y el misticismo.

Mariano es fotógrafo. Es diseñador industrial con orientación en productos recibido en la FAUD. Es viajero y cocinero por vocación. Y comenzó su trayectoria profesional editando libros digitales para una editorial reconocida de guías turísticas y libros de Geografía. Uno de sus universos nombrados es Sumatra, la marca de ropa que inició cuando aún era estudiante de la FAUD, motivado en parte por el perfil productor de la carrera, en el verano del ´98 y haciendo una colección de mallas que en verdad no habían quedado del todo bien cortadas… Pero una tarde, se encontró con Chirro –uno de los primeros surfistas de esta ciudad, que para los marplatenses no necesita introducción y que para los demás alcanzaría, como presentación, con decir que su valor simbólico es equiparable al del lobo marino, al de la escollera Celusal o al del envoltorio de los alfajores Havanna– y a Chirro le encantaron… Entonces pasó como pasa en esta ciudad: todos perciben lo distinto, original y novedoso… Y así fueron, en malón, a buscarlo. Y finalmente terminaron eligiendo todos lo mismo… Esas mallas se convirtieron en el uniforme de los habituales/surfistas de Playa Grande durante ese verano. Y la primera temporada fue un portaviones.

Sumatra: el nombre lo había elegido extendiendo un planisferio sobre la mesa. Calmo, se dejó guiar a un lugar… Así apareció una gran isla del sureste asiático, bañada por las aguas del Océano Índico… Un territorio perteneciente a Indonesia. Años más tarde viajaría allí, al lugar real… Mientras tanto, Sumatra fue haciéndose una identidad, un viaje de autoconocimiento entre turbulencias económicas propias del país; decantando lo que no era, encontrando su propio rumbo y plan. Esa marca que empezó haciendo ropa más típicamente marplatense influenciada por las modas de los noventa –Reef, Moths, Rip Curl- mutó luego hacia formas más sinceras con el universo que Mariano y su equipo –hermanos, amigos, colegas: cocineros, fotógrafos, diseñadores, viajeros– realmente conformaban: el universo del viaje. Pero no el viaje al modo de los hipsters cuyo plan era la carretera porque no recordaban ni adónde iban o porque no les importaba, ni al modo de la generación X que proclamaba a los gritos que la vida era el viaje y no había sentido en proyectar el destino, sino en un modo más trascendental y a la vieja usanza. El viaje con un mapa, un cuaderno y un plan. El viaje como aventura. Y la aventura como gloriosa herencia de los libros de la infancia, de las National Geographic que compraban en la casa de sus padres, de los relatos del siglo XIX, cuando la sorpresa, la inocencia, el deseo primario de conocer y la insignificancia frente a lo desconocido, eran posibilidades. Es extraña esta comparación –lo admito- pero casi como el viaje de descubrimiento del universo que hacen los bebes, cuando todo el abanico de posibilidades en sus deseos se resumen a estos dos vértices: el deseo de ir hacia el afuera y la confianza en uno mismo para hacerlo.

Otro de sus universos es el Club de Exploradores; un taller de fotografía que inventó fuera de los contextos habituales; cargando a los alumnos en su camioneta Land Rover Santana y llevándolos cerca y lejos: al avistaje de estrellas, al amanecer en la laguna de Mar chiquita o los Esteros del Iberá. A Tanzania. A Amazonas.

El tercero, como una variante más trotamundos del segundo se llama Vagamundos y ha comenzado siendo fiestas en la playa durante el verano, celebrando la luna llena. Un evento donde se cocina –generalmente es su hermano Román, su equipo culinario y su foodtruck Odiseo el que define en esta área-, hay música, se proyectan fotografías y videos y la gente que circunda estos grupos se reúne a la luz natural del planeta plateado, al borde del mar. Pero Vagamundos es también el nombre de las travesías que una vez por año organiza Mariano con grupos de afines que viajan a correr un poco más lejos la línea del horizonte. Este 2017 que hoy finaliza los llevó hasta Cusco y en el 2018 es África el plan.

Supernova Producciones es una recientemente creada idea/estructura con el plan de la producción de espectáculos y evantos culturales. El quinto no es un proyecto… sino un seudónimo: Icarus y es otra faceta de Mariano, caracterizada tras una careta que trajo del carnaval peruano igual a la del extraño individuo enmascarado del film de V de Vendetta, que lejos de camuflar el rapto de una chica a la que salva y hace presenciar la destrucción del edificio Old Bailey, le permite resguardar su faceta de dj.
-¿Y por qué?
-Porque ya queda mal, ¿cuántas cosas más voy a hacer?
-No lo sé…

 

Revelaciones

Es una mañana de sol apenas fresca de primavera. En Güemes y el mar, Mariano me ve primero. Tiene la mirada de los fotógrafos: sagaz, entre los planos reales y evidentes, para detectar detalles. Frente a mí, está el Torreón del Monje.
-¿Caminamos?
Se le ocurrió ese plan porque no hace falta detener la marcha para pensar. Él cree que se pueden las dos cosas, en una manera de meditación activa que aprendió en Nepal. Yo no fui a Nepal y me genera cierta ansiedad saber –mientras  simulo poder, caminando, registrar respuestas sin anotador y le cuento la historia fascinante de Roald Amundsen, el explorador noruego que soñó con descubrir el Polo Norte pero que, como ironía del destino, terminó descubriendo el polo opuesto– qué me va a quedar de esta charla para poder luego escribir; de esta charla sin detenimiento ni apuntes, con mi paso agitado a su paso, sin dejar un plano quieto para que lo que roten sean sólo las ideas.
El primer momento de hallazgo fue en la Patagonia. Descubrí la fotografía y me di cuenta de que era algo que quería seguir haciendo siempre porque me hace sentir vivo. También fue el descubrimiento de los paisajes, de la intemperie, de un universo desconocido. Pero sobre todo de la fotografía como forma de poder llevar de vuelta el viaje, de mostrar lo visto y vivido. Encontré la fotografía y el tema…

El avistaje de un café aparece como un faro. Es un lugar relativamente nuevo sobre el ala Biología de Playa Grande, separada por un vidrio del complejo Normandina. Un café pequeño mirando el contrafrente de Playa Grande, donde ni la gente, ni las carpas, ni los surfistas amenazan interrumpir mi concentración.
-¿Nos sentamos allá en Cocteau?
Mariano saca el reloj.
-Si volvemos ahora caminando al ritmo que vinimos llegamos bien al resto de los compromisos que cada cual tiene
Y entonces va a ser sin pausa… la vida sobre la marcha… la improvisación de temas… Esa cosa que a los controladores -que sofisticamos este hecho visceral bajo la forma civilizada de la escritura y la edición- nos encanta…
Otro momento de revelación para Mariano fue en Machu Pichu: el camino del Inca.
-Caminar tantos días en la naturaleza te conecta y ves mejor qué es lo importante y lo superfluo. Te hace saber más de vos, inexorablemente. E Himalaya.
Himalaya fue uno de sus tres momentos de hallazgo, de descubrimiento… Y los dos meses de caminata por las montañas sagradas del budismo y el hinduismo le dejaron una noción clave: la necesidad de andar con menos. De llevar poco encima; conservar menos cosas.

    

Cuestan los movimientos y los cambios. Cuesta, también, ese día y muchos más creer que esa mañana bordeando la costa tenga algo para decir o revelar en el hecho físico de la caminata. Y tiene cierta complejidad entrar en la comprensión de las nociones del budismo porque requiere justamente mover y estarse quieto… Comprender que el reflejo de las cosas, a veces, es las cosas… Que hay una verdad esencial atropellada que es necesario reponer: lo importante es hacer lo que se hace y solamente lo que se está haciendo. Comer cuando se come y dormir cuando se duerme… Tan acostumbrados estamos a buscar significado y complejidad, a correr detrás de una idea y de anticipar… que suele pasarse por alto el valor de lo primero: caminar, por ejemplo. Una mañana de primavera en vez de escribir en el esquema y contexto prefijado del trabajo. Caminar, hacer silencio y hablar desordenado… Y luego en la quietud esperar que todo se acomode.

Un mes más tarde, no he escrito una línea… Sigo disculpándome, cada tanto, con Mariano por Whatssap. Y pasa el tiempo. De pronto, el movimiento se asienta y el cambio se ha producido. Aquella mañana sin aparente sentido literario o contenido cronológicamente narrado contiene todo y lo único que tiene que contener: un paso detrás de otro y una conversación sin apunte de la que queda la esencia y un recorrido que aparece ahora –a la luz del tiempo– como una escena cinematográfica. La revelación es clara y le mando un mensaje a Mariano.
-¡Mariano hay que hacer una película!… Me di cuenta y no lo dije el otro día frente a Playa Grande, debajo de la máquina de escribi
-Bueno

Bajo el sobrenombre la máquina de escribir se conoce al edificio aterrazado ideado por el arquitecto racionalista Antonio Bonet, que fue construido en 1958. Está emplazado en la esquina del Boulevard Marítimo y Saavedra. Es un edificio que forma parte del listado de bienes patrimoniales de la ciudad y que en 1999 recibió el Premio a la Preservación Patrimonial y el Premio Preservación Original de Arquitectura Moderna, pero que en su momento de creación se erguía como único edificio de varios pisos en una zona residencial y periférica en donde predominaban las viviendas unifamiliares, por lo que el saber popular de vecinos y turistas lo apodó la máquina de escribir, difundiendo –incluso- el rumor de que pertenecía a la compañía Olivetti. Se me ocurre un relato con la ciudad como escenario y como tema… Algunos cuentos que podrían ser películas… Algunas postales  e historias que merecen ser narradas y vistas… Esta ciudad que es hermosa, sin hacer mucho para eso… Aunque el viento sople y las olas rompan contra la escollera… Aun en el gris y frío invierno… En la estación en que todas las calles están alfombradas por hojas de colores y los árboles sueltan lo que ya no quieren… Durante el florecimiento, entre lluvias. Durante el fin de tarde con el cielo rosa sobre el mar y el sol de la vereda de enfrente.

Pero todavía no pasa ese mes. Bajamos la rampa y subimos la escalera.
Bajando le explico porqué es parte de una consciencia editorial y periodística personal no dejarse intoxicar de las noticias y los medios. Es una manera de esperar que surja desde el silencio y el interior lo que verdaderamente es importante de ser contado, difundido desde donde realmente tiene que ver con uno contar algo… Es frenar la lógica de producción de chatarra noticiable y creer que siempre tiene que haber algo para contarse. Haciendo ese vacío, solamente, es posible observar dónde está la materia prima y qué es lo que conviene hacer con eso para que en esa producción haya amor y en el resultado, un bien a compartir. Y si no tiene ese sentido el periodismo para mí no tiene ningún otro que valga la pena. Elevar el nivel de consciencia propio y ajeno, en esa relación.
Subiendo, mira primero de costado y luego de frente, incrédulo mi agitación.
-¿Querés un Gatorade?
– No, no. Estoy bien, estoy bien…
– Ahora compramos. En Alem hay un quiosco.
No se le ocurre parar. Sentarse en la escalera, descansar la vista en el mar o hacer una pausa. No me gusta el Gatorade. Tiene un sabor mentiroso. Solo si  alguna vez una etiqueta dijera la verdad:sales de sodio y potasio, agua, azúcar sacarosa, glucosa y gusto a lo poco que puede crear la industria sin la ayuda de la naturaleza, yo lo compraría. Solo por su sinceridad. Pero no me conmueven ni la magia ni los eufemismos de la publicidad.
Ahora estamos de vuelta en Saavedra y el Boulevard. Yéndonos… La idea del relato para una película apareciendo, mientras Mariano habla de Ovnis y yo no puedo creerlo… Me río.
-¿Hablamos de la vida más allá de la muerte?
-No. Hablamos de la vida más allá de la Tierra-dice.
-Creo en un montón de cosas… ¿eh? En las sincronicidades, la astrología, el transgeneracional y la sabiduría de las especies vegetales como única medicina si supiéramos interpretarlas… y en cuánto les falta a las ciencias, a las disciplinas y a las organizaciones empaparse de esta organicidad… Pero ya en los ovnis no.
-Pero hay indicios
-¿De qué?
-De su existencia…
-Me da risa…
-¿Qué cosa?
-Todo ese mundo. Hasta esta conversación. Parece un bloque del programa de Chiche Gelblung… No sé… Es un tema que no puedo tomarme en serio ni siquiera aunque sea real. No entiendo para qué sirven… los ovnis… te digo la verdad.
Ahora se ríe él.
-Quiero decir: indicios de que no estamos solos

  

Cada seis años, aproximadamente, Mariano piensa que habría que hacer un balance general de la vida. Tal vez mudarse o hacer un gran viaje. Permitirse la actualización de todo. Clarisa Pinkola Estess, la escritora de ese libro que todas las mujeres amamos y consultamos como un oráculo en momentos de felicidad y de dolor, de incertidumbre o desasosiego –Mujeres que corren con los lobos– llama a esto: un cambio de piel. Mariano lo llama camino y necesidad de volver a uno mismo. En la concepción masculina, trotamundos, aventurera que lleva consigo –en parte como si hubiera firmado un pacto secreto con los exploradores del S.XIX y en parte, desde esta mirada generacional de la vida, tan renuente a consentir sin chistar con las cosas que nos transmitió la generación de nuestros padres sobre la necesidad de conservar los trabajos, de establecer la vida en un punto fijo, del statu quo, sobre el miedo a la escasez y al futuro– hay un impulso natural a no perder de vista la búsqueda, atravesando los mares, los continentes, mapas y territorios que hagan falta hasta encontrarse.

En la concepción femenina, este norte funciona exactamente al revés: el desafío consiste en parar el afuera, los mundos, los otros, las cuestiones por resolver. Pienso cuánto hablamos de esto entre mis amigas y con mujeres que conozco… en lo difícil que se nos hace y lo necesario que es aprender a dejar de estar afuera: en los hijos, la pareja, los amores, la familia, el trabajo, la casa, las tareas pendientes, los detalles, la mirada de los otros, el tiempo humano y mundano para hacerle lugar a la quietud, el sosiego, el silencio, al cuarto y al tiempo salvaje buscando que pase lo único esencial para estar integradas al todo: estar con nosotras mismas. Y volver al río interno que fluye, a la creatividad y a la voz apenas audible tan sutil como el viento moviendo los árboles… La voz que habla de la vida entera desde un pulso, un leve movimiento, un latido, sin hacer más ni menos que estar; percibiendo los ciclos, la estaciones, la ausencia de tiempo lineal.

Llegamos en el tiempo previsto. Es el mediodía. Cada cual va a la búsqueda de su hijo y ya cerraremos la nota… “En estos días”, le digo. “Nos hablamos después”. Empieza a avanzar la primavera… Llega octubre, ese mes filtro y de revoluciones… el mes en que empiezan a comprimirse las cosas que hay que resolver para llegar a fin de año como corresponde: exhaustos y estresados. Pasa noviembre: el mes de las lluvias y los florecimientos. Llega diciembre, el feriado del 8 y una gran tormenta que se avecina trae una música: tales from the sky. Cae la lluvia y todo lo que tiene que caer. El agua fluye de arriba abajo y de Oeste a Este y llega a ser absorbida por el ruedo del mar. Sale el sol. Se fortalecen los verdes de los árboles y hay más flores. Comienza el período de cierre, brindis, exageración de la fuerza  personal y colectiva por hacer entrar dentro del mismo ciclo todo lo proyectado y no llegamos a vernos para cerrar la nota… Diez amagues y ninguna posibilidad de concreción.

El 30 de diciembre a las 19.13 hs me manda un mensaje.
-¿Querés ahora?
Hace media hora se fue el albañil que terminó de colocar los cerámicos en el baño de casa y de empastinar. Tengo la misma sensación de fin de mundo que tenemos todos hacia fin de año y la necesidad material de cerrar cosas. Ahora estoy en calle Roca, sobre la vereda de la pescadería La Victoria con el pelo lleno de polvillo y agotada. Viendo: gente apretada sacando número y peces muertos… Tengo un largo rato por delante… Y, para cerrar la nota, unas horas que no frenan… Imágenes sueltas, pensamientos expansivos y conversaciones fragmentadas que no abrevan en un punto. Pero tengo también la iluminación y la fe en lo que viene. La asunción del ascendente que es, justamente, el signo del zodíaco que encarna Mariano. Picis: los dos peses nadando en direcciones opuestas. La posibilidad de no preconcebir la forma, de no caminar caminos trazados; la idea integrada del movimiento incluso en la escritura de un relato… donde no hay porqué parar, saber, concluir, cerrar o marcar frontera. Se puede fluir… Circular junto con la certeza de que todo se revelará en el camino y de que todo está junto: lo oscuro con lo luminoso; lo alto con lo bajo, lo objetivo con lo subjetivo, el cielo con el fondo del océano y todos nosotros también.