Hacer lugar

Hacer lugar

    

 

En 2014 los estadounidenses y amigos de la infancia Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus escribieron el libro llamado Everything that remains. Traducido significa: todo lo que permanece aunque no sería descabellado que su nombre fuera exactamente lo contrario: todo lo que sobra. Decir, de cualquier manera, que quitando la cáscara se llega a la esencia.
Y Mat Avella, luego, descubrió este libro que fue el disparador de su documental Minimalismo: un documental sobre las cosas importantes. Se trata tanto de un relato sobre las cosas que valen y perduran como de todo aquello de lo que necesitamos desprendernos para poder ver esa primera idea; que sea legible, aislada del barullo infernal en que se ha convertido la convivencia con seres, cosas, objetos en las sociedades actuales donde vivimos tapados. Cosas que creemos que tienen sentido; cosas, que nos invisibilizan lo importante; cosas puestas sobre lugares vacíos; cosas, por las que peleamos y corremos y tenemos urgencia o la sensación de que el tiempo no alcanza.
Hay un punto de quiebre en la vida de estos dos amigos cuando descubren que desde el núcleo del éxito, según los estándares de éxito y estandartes del gran sueño americano, la felicidad no llega. ¿Qué falta? ¿Tiempo? ¿Más trabajo? ¿Más objetos? ¿Más lugar? Hay una trampa evidente en el hecho de que siempre la balanza termine inclinada hacia el lado que toca el suelo. Y allí empieza la historia.
De una pregunta, una búsqueda, un desprendimiento, una toma de conciencia, una escritura, una travesía, un estado nuevo de iluminación. “¿Cómo puede ser mejor tu vida con menos?” es la pregunta que se hizo Avella y la que lo llevó a recorrer ciudades y vidas; ideas de un nuevo paradigma que emerge como colafón sobre el montículo de residuos de las sociedades actuales: tener más no nos hace más felices. Y no se trata del conformismo de quien no alcanza los objetivos esperados sino de una iluminación en el medio de la carrera; de un sinsentido en el hecho de correr. ¿Detrás de qué corremos?
Así estos dos amigos convierten sus departamentos en el albergue de pocas cosas que necesita su subsistencia poniendo el foco en otro norte: el sentido de la libertad y del disfrute de aquello que hacemos con nuestros días. Ambos son conscientes de haber ganado algo mejor en esa aparente pérdida de status por la que se definieron al abandonar sus empleos y sobreabundancia de objetos y relaciones laborales carentes de sentido. Ahora, en su modo de vida itinerante, van profesando el credo de soltar, de aceptar el vacío como un lugar mejor en una fe más concisa y simple que aquella del sueño americano, llena de trampas y de ornamentos, pero sin voluntad de proselitismo… Solo llevando, de boca en boca, de pueblo en pueblo, una receta: lo que necesitamos –la felicidad, la libertad– está más cerca, más al alcance de la mano de cualquiera si nos damos cuenta de la trampa del sistema.
Y para esto, Avela va con el documental más allá de la historia de estos amigos y sus periplos, a tomar fragmentos de voces y de imágenes que solventan esta idea. Es, en este aspecto, un documental maravilloso por las voces y las ideas que se ponen en escena y conforman el relato polifónico y fragmentario que, justamente en esos espacios vacíos, nos da lugar a la reflexión creativa, a la búsqueda del sentido y al todo. Allí aparecen arquitectos y sociólogos reflexionando sobre los límites a los que se ha llegado en esa búsqueda desenfrenada por el crecimiento productivo, global y volumétrico de las cosas pero también historias de common people; familias, periodistas, emprendedores.

      

Los metros perdidos

La socióloga y economista Juliet Shor señala: “la historia de Estados Unidos comienza con un modelo que se trataba sobre la oportunidad. Era la tierra de oportunidades donde uno podía empezar de abajo, trabajar duro y alcanzar cierto éxito y prosperidad. Pero a mediados de la década del noventa comenzó a darse un nivel de consumo y compra que no tenía precedente en la historia, sumado a la posibilidad de comprar más barato productos que venían de China y a las tecnologías que diseñaron formas de consumo 24 hs. a través de internet y el consumo empezó a ser cada vez más de aquello que no necesitamos, que no tiene sentido”.
Esta falta de sentido se traslada a los espacios…  Según se ha relevado en un estudio, hoy en día, en Estados Unidos la gente tiene el triple de lugar que tenía en los años cincuentas –patrón grandilocuente del que nos hemos contagiado en otros lugares del planeta– y, sin embargo, una familia tipo en una casa tipo usa tan solo el 40% del espacio disponible. Este dato surge de un mapa que señala cómo la gente transita su casa. Nadie usa ni los porches, ni el comedor ni las salas de estar… Hay demasiado lugar residual que se llena de cosas que no se necesitan ni se usan sólo para llenar el vacío.
El arquitecto Frank Mascia, puntualiza: “Vivimos nuestras vidas en función de nuestro espacio en vez de crear el espacio que necesitamos desde quiénes somos. Acabamos con tres mesas de comedor y a no ser que uno aprenda a comer muy rápido… ¿cómo usaríamos esas tres mesas?”. De este diagnóstico y una creencia más profunda –menos espacio tiene más sentido– parecen haber partido los creadores de Life Edited; un estudio que se dedica a la compra y refacción de departamentos muy pequeños en la ciudad de Nueva York: 39 m2 pensando en poder crear, en ese pequeño lugar y partiendo de la misma planta; del mismo programa agresivo del espacio multifunción que acerque a las personas y la propuesta de decantar lo superficial, la casa que cada comitente necesita en función de cómo vive y de lo que más le importa, como contracara a esa filosofía imperante del más grande es mejor.
Es una diseñadora e ilustradora, Jacquelina Smith, que vive junto a su marido y su pequeño hijo la que reconoce – en el hecho de pasar de 111 m2 a estos 39 m2– sentirse en un estado de calma, de serenidad que nunca antes había sentido: “Son muchas menos cosas en qué pensar; muchos menos gastos… y la posibilidad de hacer foco, de concentrarme mucho más”. Y un poco ese parece ser el gran hallazgo. Detrás de afinar una selección de objetos; de volver a mirar todo para reconocer lo esencial o aquello que hoy tiene un sentido está una de las formas posibles de la felicidad.
“También…”, dice Jay Austen, un diseñador de vivienda sobre tráiler llamada Thiny House, “las cosas pequeñas parecen la solución a un problema que todavía no hemos resuelto y que es cómo pasar de trabajar toda nuestra vida a disfrutar de nuestra vida trabajando un poco…. Cómo pasar de tener la hipoteca, la promesa de una casa de medio millón de dólares, a tener una casa hoy, ahora…. Porque lo otro no es una casa: es una trampa. Es embargar todos los años que vienen para pagar una casa. El período de recesión nos dejó la idea de que lo importante es tener una casa realmente. Creo que estamos reevaluando a nivel global qué significa que te vaya bien; qué significa ser exitoso. La gente empieza a sentir que la engañaron y que en verdad tiene más opciones que las que cree tener”.
También es cierto que toda esta generación de humanos que hoy rondan los treinta, cuarenta, cincuenta son hijos de la recesión que vivió Estados Unidos a partir de los años 70 –los años despiadados del post Vietnam, crisis del petróleo y la crisis financiera– y que en el resto del mundo no fue mucho más fácil. Los que no hicieron con la desazón, el sinsentido de fin de milenio,  la falta de referencias humanistas en el mundo un disco como Nevermind y se quemaron la vida antes de los treinta como Kurt Cobain, debieron atravesar el túnel de esas crisis: ¿qué estamos buscando? ¿tiene algún sentido correr sin saber adónde; trabajar sin parar; vivir ahora como esclavos para disfrutar más tarde; acumular para qué? y tuvieron que parar a pensar cómo salir de la trampa del sistema. Los resultados son un poco los modos de vida que releva este documental.
Patrick Rhone, autor de Enough (suficiente), señala: “Ha sido un largo cuento… una evolución lenta que nos han vendido a través de la publicidad durante más de cien años… y de a poco empieza a caer”. De simplificar, abreviar, hacer lugar, ver el vacío y conectar se trata este documental. De volver a mirar todas las cosas que tenemos naturalizadas y preguntarnos cuáles realmente son las que queremos tener y cuáles simplemente están allí por costumbre e inercia, tapando vacío que sólo en la medida en que se reconozca será el aire y espacio donde pueda aparecer lo que somos y lo nuevo que queremos ser.
Hay una frase casi al final del documental… La dicen los dos amigos protagonistas de este documental que es también un viaje de búsqueda… una invitación a salir al camino y encontrar el hogar. Pensarla una y mil veces es un buen ejercicio para hacer cotidianamente, para incorporar como un mantra y distribuir donde haga falta, recuperando la belleza de la tradición oral: “Ama las personas y usa las cosas”. Eso. No más.