Rezo por vos

Rezo por vos

La capilla Rothko –ubicada en la ciudad de Houston, Texas, Estados Unidos– es un espacio abierto a todas las religiones y una obra mayor de arte contemporáneo. Su planta octogonal tiene un espacio central de meditación iluminado cenital y naturalmente alrededor del cual cuelgan catorce grandes lienzos –en tonos marrones, violáceos y negros–, que fueron creados por el impresionante artista plástico Mark Rothko y constituyen su última obra. La capilla fue construida por el arquitecto Phillip Johnson con gran influencia de este artista y fue inaugurada un año después de su muerte, en 1970. Cuenta, en el paisaje exterior del templo, con la escultura de un obelisco roto de Barnett Newman, que se refleja en una fuente. Algunas pistas de acceso a este lugar espiritual y fundante de una fe nueva.

    

No es una cuestión de fe. Existe un lugar: real, sagrado, pero por fuera de las religiones. Es un hecho de la cultura material y una referencia espiritual que trasciende los credos e interpretaciones y se erige en (algo así como) una metáfora… una síntesis de paz… un lugar con el don de esas “verbalizaciones punto cero”… al estilo de todos los fuegos, el fuego o llueve sobre mojado. En este sentido, tiene algo zen. Pero, ¿para qué cargar de palabras a un santuario espiritual, que además fue creado con el fin de dar lugar a personas de todas las religiones y a aquellas que no pertenecen a ninguna?

Mejor será decir que esta creación artística/arquitectónica/espiritual fue un encargo que la familia De Menil –Jean y Dominique, un matrimonio francés: él banquero; ella actriz en las primeras películas alemanas y promotora cultural y ambos, coleccionistas y amantes del arte– le hizo a Mark Rothko, en 1965, para trabajar en los lienzos que recubren las paredes de la capilla. Pero cuando se trata de artistas siempre la búsqueda va más allá… Y así Mark Rothko terminó animando al arquitecto Pillip Johnson a desarrollar la planta octogonal que define al lugar. Su diseño y su forma terminaron viéndose muy influenciados por el artista de origen letonés que no llegó a ver terminada la construcción de la obra, debido a su suicidio ocurrido en febrero de 1970, un año antes de que quedara inaugurada.

Es extraño este hecho… Podría pensarse de dos modos: como la culminación de una vida y una obra artística. O, también, como una transmutación. Una profunda depresión alimentada a base de alcohol y somníferos extinguió su vida y la escena de su muerte fue, de alguna manera, una dramática obra de arte.

Cuando la policía de Nueva York encontró a Mark Rothko en su departamento del distrito, tirado en el piso con las venas cortadas y dentro de un gran charco de sangre de color púrpura, se consumaba en esa escena final –como puesta en escena– una última obra. O la materialización más concreta de algunas claves de su obra: el color, más allá de cualquier entendimiento, el lienzo pintado de una longitud mayor a la del hombre, la obra más extensa que el artista y ambos –obra y artista–  en una relación de intimidad donde no caben palabras, preguntas, personas y existe la sensación de un todo, de experiencia consumada.

La indómita luz

Poco pensaron que las obsesivas condiciones que exigía Mark Rothko para exhibir sus pinturas –que estuvieran en un ambiente donde sólo hubiese obra de él; que los cuadros estuvieran iluminados con luz natural o normal porque detestaba por igual los focos intensos que sobreiluminaban y los que producían un halo romántico; los cuadros colgando a no más de veinte centímetros del suelo y el público parado exactamente a cuarenta y seis centímetros de distancia– no fueran un capricho. De la misma manera, le habían reprochado los grandes formatos –malinterpretándolos como grandilocuentes– en un su época de auge.

  

Sin embargo, ambas decisiones tenían sentido: envolver al espectador, con la finalidad de hacerle partícipe de una experiencia mística, creando un clima de atracción y un espacio que lo cautive y haga reflexionar y meditar, tuviera o no carácter religioso esa meditación que les proponía con su exploración de color y espacio. Su voluntad de ser íntimo y humano prefirió manifestarla así. Se trataba de la creación de una superficie que lo contuviera tanto a él como al espectador. Un mismo espacio, plástico; una realidad como un acuerdo silencioso con quien además de mirar y de ver pudiera percibir, concederse ese espacio sin palabras ni ilustración ni colores que sobren.

La historia de Mark Rothko es la de un artista controvertido, criticado, poco comprendido por otros artistas y fuera de los paradigmas plásticos de su tiempo. El hecho de haber sido, paralelamente, muy vendido y muy bien vendido no parece haber contrapesado lo suficiente como para amortiguar la caída, primero, en un estado de suceptibilidad a las críticas que le hizo revisar su obra: los nortes y objetivos (no las formas plásticas) y, luego, en un clima de frustración, de fracaso, de angustia, que tal vez trajera de antes de pintar y que el hecho de pintar, de sacar afuera por ese canal, de hacer no le aplacaran.

Había nacido en Rusia en 1903, pero emigró con su familia a Portland a los diez años. Su familia era pobre, judía y de izquierda e ingresó a la Universidad de Yale con una beca para estudiar Economía, pero abandonó los estudios para sumarse a una compañía itinerante de teatro (“Creo que perdí la fe en la idea del progreso y la reforma, a la par que mis amigos, en los paralizantes años de Coolidge y Hoover”, declaró en alguno de sus escritos. Y aunque no es muy claro si lo que, para entonces, había perdido era sencillamente la fe o, también, a sus amigos, lo cierto es que el Estados Unidos de Coolidge y Hoover le hubieran hecho perder la fe a cualquiera, entre el desentendimiento de la política laissez faire, la ley seca, el jueves negro que inaugura la crisis del 29 y la insólita idea de capear la crisis con el trabajo voluntario de los ciudadanos que se le ocurrió a Hoover hasta que Roosvelt tomó al toro por las astas).

Rothko llegó a Nueva York poco antes del crac del ’29 con el propósito de ser pintor. Sin embargo, los siguientes veinte años los pasó siendo instructor de dibujo para niños en la Brooklyn Jewish Academy hasta que un hecho traumático lo sacó de esa guarida de la conservación tibia, a media asta y miserable a la que enseñan las crisis económicas. A decir verdad, hubo dos hechos de profunda secuela en su vida y son los que imprimen su obra.

El primero fue el hecho de la muerte de su madre, en 1949, que lo hicieron decididamente tocar fondo y encerrarse en una cabaña de Long Island durante seis semanas a llorar su muerte e inventarse como pintor. Del autoexilio surgieron la veintena de cuadros que nos mostraron quién era ese judío letonés… un tal Marcus Rothkowitz… que pintaba fuera de las clasificaciones conocidas, en los albores de un expresionismo abstracto que definiría el trazo incomprensible del arte de una época, la cultura estadounidense y, después, mucho más tarde, el mejor gusto de las masas. Entonces, este primer hecho fue el que lo inventó como pintor.

El segundo, es más impreciso en tiempo y lugar… se trata de los anillos en esas correntadas sutiles que arremolinan un algo o alguien a las profundidades de las aguas y facilitan el hundimiento… Conforman todos el remolino a esa muerte tan solitaria y aliviadora con la que pareció darle fin al remolino, no sin antes dejar la última obra en la Tierra: los catorce lienzos listos para la capilla y la escena final. Este segundo hecho lo conforman las críticas insólitas a su obra que incluyen desde el reproche a las supuestas pretensiones de la obra de Rothko debido a su tamaño, pasando por la acusación de haber tranzado con el sistema por venderle lienzos al restaurant del hotel Four Seasons en el imponente rascacielos que la empresa Seagrams había encargado a Mies van der Rohe… (y que fue un poco la provocación que lo llevó a concluir su vida con una obra mística, sagrada, que dejara afuera la posibilidad de pensar que el valor de Mercado fuera un sentido final para él con su producción artística), sin contar la crítica que le hiciera el artista y escritor pionero del arte conceptual y minimalista Al Reinhardt, que lo acusó de ser (junto con Pollock y otros más) esbirros de la CIA, usados por la agencia de inteligencia para deponer a los referentes de izquierda de la escena pictórica europeos y emplazar en su lugar a artistas americanos decentes a los ojos del sistema. A todo esto, a su cercano colega, amigo, Barnet Newman, se le ocurrió agregar una incriminación más por el hecho de haberle vendido los cuadros al Four Season y lo acusó de prostitución artística.

Hablábamos de pérdida de fe…
Sí.
Cierto…
Apuntemos a Barnett debajo de los presidentes del año 30. Y tal vez alguien pueda alguna vez explicar de quién fue la idea de reflejar en la fuente que descansa en el predio exterior de la capilla de Rothko el obelisco roto de Barnet Newman y si esto es una ironía, una imposición temporal, un pedido de disculpas o una impresión hecha materia de dos destinos. Digamos: el vestigio de lo que decidieron construir y en aquello en que se convirtieron tras su muerte. El mismo Newman decía: “estamos en proceso de hacer que el mundo sea, hasta cierto punto, a nuestra imagen y semejanza”. O tal vez en esa diferencia… en esa rotura, en esa crítica, en esa escisión estuviera la posibilidad de ambas vidas, de obras distintas… Del color al que Rothko se apega hasta el final, hasta la transmutación y de todas las primeras obras del expresionismo abstracto que Newman pinta y luego rompe, destruye para hacer con esa rotura su constitución. Pero esta sería la historia de Newman. Y ahora no nos importa. O sí.

Pero, primero, nos importa saber que a Rothko las críticas lo hundieron en un lugar de soledad… en una profunda depresión y en la decisión de poner todo lo que le quedaba –pudiendo guardarse para la última obra, la escena final, su propia sangre– en esos cuadros para la planta octogonal… para la capilla, el lugar de meditación sin religión.

Y, por último, también nos importa saber que en el mismo año murieron los dos.
Año 70.
El mismo año en que Cassius Clay anuncia su retirada definitiva del boxeo.
El mismo año en que se coloca el primer marcapasos con plutonio a un paciente cardíaco.
El mismo año en que Paul Mc Cartney anuncia la separación de The Beatles y John Lennon lanza su primer disco como solista John Lennon / Plastic Ono band y, a pesar de todo, en Inglaterra lanzan el disco Let it be.
El mismo año en que se suicida el escritor japonés Yukio Mishima, premio Nobel de literatura.
El mismo año en que las tropas estadounidenses invaden Camboya.

Rothko murió el 25 de febrero en Nueva York.
Newman murió de un ataque al corazón el 4 de julio en Nueva York.
El día de la independencia de Estados Unidos.

Rezo por vos

Hoy Rothko chapel es el lugar donde el Jung Center (dios estará a la mano y sin ser llamado, llamado a ser) organiza meditaciones. El Jung Center es un centro de psicología jungiana –esa rama menos popularizada y contada de la psicología que tomó a Jung y no a Freud como referencia para la evolución de su conciencia-. Carl Gustav Jung en su libro Memorias, sueños y reflexiones opinaba que los espíritus eran consciencias autónomas que se habían parado en el tiempo y en el espacio, tras la muerte del cuerpo… Y que si bien no pueden aprender nada nuevo, no evolucionan, tienen una manera de evolucionar que es a partir de que la humanidad aquí, en la Tierra, también evolucione.

Jung decía en ese libro: “la necesidad mítica del hombre occidental exige la imagen de un mundo en evolución, que tenga un comienzo y un objetivo. Al hombre del Occidente el absurdo de un universo simplemente estático le es intolerable. Es preciso presuponerle un sentido. El oriental, por el contrario, parece poder tolerar esa idea. Mientras el occidental quiere completar el sentido del mundo, el oriental se esfuerza por realizar ese sentido en el hombre, despojándose él mismo del mundo y de la existencia (Buda). Yo daría la razón tanto a uno como a otro. Porque el occidental me parece, sobre todo, extrovertido y el oriental introvertido. El primero proyecta el sentido, lo coloca en los objetos; el segundo lo siente en sí mismo. Ahora bien, el sentido, sin embargo, está tanto en el exterior como en el interior”.

Tal vez sea en este mismo lugar de la Tierra (ambas acepciones: la Tierra toda; la Rothko chapel) donde sea posible, en un plano más elevado que el de la consciencia que nos separa, hacer lugar a una síntesis: que la creación es apenas una traducción inacabada de la sabiduría; que es inútil intentar definiciones de algo en posibilidades del lenguaje, aunque algunas veces es bello y que finalmente ese todo no es más que la convivencia entre mundos mientras el silencio reina por encima generando esos debates.